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La frialdad del melancólico Bunbury

La grandeza de Fernando Torres (Fuenlabrada, 1984) proviene de la frialdad del talento. La misma que transmite Enrique Bunbury, su cantante preferido.

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El Niño acunó la pelota con el pecho para anunciar una jugada de resabiado; nada más orientar el control se giró para superar por sorpresa a Naybet. Luego, fulminó a Juanmi con un zurdazo tan rabioso como rebuscado; su ídolo Van Basten lo hubiera firmado sin problemas en señal de que el fútbol entra por los ojos.

A Antonio Seseña, uno de sus descubridores, y a la Prensa desplazada al Europeo Sub-16 de Inglaterra del 2001, su trampolín, ya les abrió las bocas con una jugada parecida. Acosado por dos tallos belgas, el balón cayó del cielo y Fernando Torres golpeó la pelota con su pecho y se giró. Había ejecutado un sombrero de un pechazo mientras la grada pensaba que había errado en el control. Cuando se vio a los defensas belgas corriendo detrás de él, los entendidos aficionados ingleses se dieron cuenta de que estaban ante un jugador especial y se pusieron de pie para ovacionarle. De inmediato, las preguntas de los periodistas se dirigieron a los españoles que había en la tribuna: "¿Dónde juega el catorce? ¿De dónde ha salido ese pelirrojo que corre tanto como Owen?".

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Desde aquella primera aparición en público Fernando Torres se ha convertido en un símbolo, entendido como una imagen que identifica un todo. Y Fernando Torres es hoy sinónimo de todo el orgullo rojiblanco. Ya la temporada pasada los ingresos por ventas de camisetas del club procedieron de la admiración que levanta en la hinchada. Todo ha sido grande en El Niño desde que asomó la cabeza: su cláusula de 10.000 millones de pesetas antes del salto a la fama y las comparaciones: Gárate, Van Basten y Raúl. Hasta el mote de El millonario, que le puso un vecino en su infancia tras tirar un camión de juguete por la ventana cargado de dinero.

Esa grandeza que desprende todo lo que intenta nace de la frialdad del talento natural. La misma frialdad que, a veces, transmite uno de sus cantantes preferidos: Enrique Bunbury; hace poco se le vio en un concierto junto a García Calvo. Evidentemente, lo que no transmite Torres es la melancolía del ex miembro de Los Héroes del Silencio. Para melancolía ya tienen los atléticos el paseo que bordea el Calderón. Con Fernando Torres sólo les cabe el orgullo de saber que pueden ir al Bernabéu sabiendo que Torres desea "que me piten".

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