Primera | Real Madrid 3 - Sevilla 0

El Madrid pone orden

Ya es segundo. El Sevilla duró diez minutos. Raúl volvió a ser básico. Agresiones de Alfaro y Navarro.

<b>FELICIDAD</B>. Ronaldo, Zidane, Raúl y Figo celebran el último gol madridista, conseguido por el francés.
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Tantos días sin fútbol sólo consolados por el escote de María José Suárez que quisimos imaginar un gran partido y nos encontramos, lástima, con uno menor, un formulario, una muesca, tres puntos y el Madrid segundo en la Liga, nada más y nada menos. Dentro de muy poco nadie recordará lo sucedido ayer, si acaso el niño que visitó por primera vez el estadio o quizá Flavio, que metió un gol y pretendió acallar a los que dicen que no mete ni miedo (yo), o tal vez lo recordará Míchel Salgado, que salió en camilla por un pisotón alevoso y macarra de Pablo Alfaro.

De los millones de partidos que podían darse, el Sevilla sólo tenía opciones de sobrevivir en uno. Y fue precisamente el que se planteó en los primeros diez minutos: el Sevilla atrás, agazapado, cuchillo entre los dientes y el Madrid distraído, todavía acicalándose. En ese espacio de tiempo Reyes y Antoñito estuvieron muy cerca de armarla en varias ocasiones.

Pero no hubo tiempo para que cundiera el pánico en el Bernabéu. Figo centró más lejos de donde suele y el balón, que no parecía bueno, que aterrizaba casi en la frontal, lo cabeceó Raúl a gol a pesar de la embestida de Notario, que salió a por uvas. No es fácil marcar estos goles. Hay grandes jugadores, quizá los más exquisitos, que nunca los consiguen. No sólo hay que tener instinto, además hay que ser valiente, debe importar poco el golpe y es necesario que obsesione más la pelota que el contrario, al que si se le mira, aunque sea un segundo, se le ve cara de asesino y ya no hay quien salte.

Aquello derrumbó al Sevilla. Totalmente. O quizá elevó al Madrid, estas cosas nunca se saben, o es probable que sucedieran las dos cosas a un tiempo. Dos minutos después del gol, Raúl estuvo a punto de repetir con una de esas vaselinas que ustedes ya saben (y de las que abusa). Luego llegaron las triangulaciones, casi caleidoscópicas (es decir, la leche), en las que uno toca de tacón, el otro devuelve de empeine y el que pasa por allí, Zidane generalmente, la roza con la lengüeta.

En el minuto 29 llegó el gol de Flavio, tras un rechace en el área sevillista que enchufó el brasileño con fuerza y, esta vez, con precisión. Era su primer gol en Liga y el segundo que consigue con la camiseta del Madrid (el otro fue en la Supercopa, contra el Zaragoza). Lo celebró generosamente, pues. Además, el público comenzaba a impacientarse con su juego anodino (ay Cambiasso).

Ya no hubo más. Fútbol, quiero decir. Porque sí hubo leña. Y no me refiero a leña viril, al hachazo bien lanzado, casi estético, sino a la gresca macarra. Nada más empezar la segunda parte, Míchel Salgado chocó con Alfaro y el defensa aprovechó la tesitura para pisarle la rodilla. El lateral tuvo que retirarse lesionado. El árbitro, bastante ocupado todo el partido en atarse los cordones, no vio nada.

Muy poco después, Javi Navarro pugnó con Ronaldo por un balón que llovía y al levantarse del consiguiente revolcón le pisó la rodilla (la mala, ni les cuento el susto). Esta vez el árbitro miraba y le expulsó. Fueron dos acciones que no llegaron a la categoría de malvadas (no rebañaron), más bien fueron estúpidas, casposas, de tipo incorregible en el caso de Alfaro. Y es injusto que eso dé fama a un equipo que propone otras cosas, aunque sea diez minutos.

Después de eso, Reyes, en general decepcionante, tuvo una ocasión. Marcos Vales, otra. Pero eran rabos de lagartija sin rabo. El Madrid se paseó (en sentido literal) y Zidane marcó el tercero. Fue tras un bicicleteo de Ronaldo que acabó en un centro rebotado y en una asistencia de Notario. Tres puntos. Suspensivos en este caso, porque el Madrid no para. Quiere la Liga, y cuando quiere...

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