El cielo en La Rosaleda
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Nunca el cielo estuvo tan cerca de La Rosaleda como ayer. Tan cerca, pero tan lejos. No miren el marcador, es una mentira a medias. Jugar contra el Madrid es vivir en el alambre. Es un asesino silencioso, que espera a que cierres los ojos para devolverte por triplicado el daño que le has causado. Quédense con 45 minutos de leyenda, de un Málaga que no hace preguntas ni distingos. Que simplemente golpea. Da igual si es en Ellan Road o ante el Campeón del Mundo. Este Málaga no tiembla cuando desafía con una mirada al destino, cuando planta cara a la esclavitud de la historia, a la huella de los colores blancos. Sólo calla, aprieta los dientes y ruge, aunque tenga el talonario vacío. Pero 45 minutos no son nada ante un equipo como el Real Madrid.
Fue tan inolvidable como breve. La apoteosis blanquiazul saltó del campo a la grada y desenterró el recuerdo de aquel 11 de septiembre de 1983 cuando el Madrid recibió seis goles en la avenida de Martiricos. Decía Peiró que no sabía cómo parar el ataque blanco. Sabio y diablo, los engañó a todos. Quitó las cadenas a los jugadores, ellos pusieron el resto. Musampa es un depredador en peligro de extinción, Dely ya es en solitario el máximo artillero en la historia del fútbol malacitano, Sandro destila magia de sus pequeñas botas... Fútbol de ensueño que sólo edulcora la realidad: el descenso se encuentra tras el partido de ayer más cerca que Europa. Y al final sólo queda el recuerdo de que el Madrid es el Madrid, aunque pierda dos a cero en la primera parte. Al Málaga se le olvidó. Sólo queda eso y que la suerte de este deporte, tan resplandeciente como el vidrio pero igual de frágil, no fue compañera de viaje de los humildes.