Primera | Málaga 2 - Real Madrid 3

Zizou lanza al Madrid

El gol del francés metió al equipo en el partido. El Málaga ganaba 2-0. Figo y Raúl culminaron la remontada.

<B>PENALTI CLARO</B>. Figo, en el suelo, después de que Juanito cometiera el penalti sobre él. Sus compañeros se interesan por su estado físico.
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Hay victorias que parecen como tantas y sin embargo resultan fundamentales. No me refiero, claro, a esos triunfos cuya importancia se explica por sí misma, por los títulos en juego o por la categoría del rival, o por los puntos; hablo de esas victorias, aparentemente normales, que varían rumbos o que dan uno a quien no lo tiene, que confirman y que despejan temores, a partir de las cuales todo se ordena y se entiende mejor. Será necesario que pase el tiempo para confirmar si el Real Madrid consiguió en Málaga uno de esos triunfos que disparan las curvas de los balances, pero tiene toda la pinta.

Por otra parte, el partido define exactamente lo que es el Madrid: un equipo exagerado. Tan radical en la falta de entrega, como sucedió en la primera parte, como en el despliegue de talento, como ocurrió en la segunda. Un equipo que puede permitirse el lujo de dar casi cualquier ventaja al enemigo: entregó dos goles contra el Recreativo y lo volvió a hacer en La Rosaleda. Y en ambos casos le terminó sobrando tiempo.

Diré más. Será complicado que volvamos a ver un equipo tan rebosante como este, en lo bueno y en lo vano, en la alegría y en la pereza, en la salud y en el carnaval. Por eso es mejor relajarse y disfrutar. Sobre todo cuando se desencadenan las fuerzas de la naturaleza. Como pasó en la segunda parte.

En la primera, el partido se empeñó en ser un contraste de lo que ocurriría después, no lo sabíamos entonces. El Málaga dio un repaso a los galácticos. Lo hizo a fuerza de ser fiel a sí mismo (o sea a Peiró): jugó rápido, por todos los lados y por todas las partes. Sandro trazando y Musampa (Kiki) penetrando. Arriba, los dos guerrilleros guerreando, en el monte. En cierto modo, al Málaga le sucede como al Madrid, aunque sea en miniatura: tiene lo mejor de medio campo para arriba. Y sus inclinaciones ofensivas dejan terrenos baldíos en el centro y pantanosos en defensa. A esto lo llama Sabina tener la lengua muy larga y la falda muy corta.

Ante esos arrebatos locales poco oponía el Madrid, ya se sabe que tiene problemas para digerir el entusiasmo ajeno. La actividad de Ronaldo, que se mide tanto por que insinúa como por lo que transforma, era de lo mejor de un equipo en el que Flavio dura cinco minutos (si llega) y Solari ha perdido filo.

Así las cosas, Musampa adelantó al Málaga tras una gran jugada de Manu, que se fue de Roberto Carlos. La defensa del Madrid, Salgado, en concreto, blandita. El segundo gol llegó tras una vaselina de Darío Silva que pegó en el larguero y rebotó en las rodillas de Dely Valdés.

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Y justo al empezar la segunda parte, cuando ya imaginas que esta puede ser la noche en la que Houdini no salga de la piscina, Zidane la controla-acuna en el centro del campo, sin detenerse un momento se dirige a la portería, unos 30 metros, encara a Fernando Sanz, le hace una bicicleta (a medida), toma ventaja y se la cuela por no se sabe dónde a Contreras, qué suerte verlo tan cerca. Eso es un gran futbolista, el que te ve perdido y decide rescatarte.

El Madrid cambió entonces y se convirtió en ese equipo exquisito que debería ser siempre. Una internada de Ronaldo con pase de la muerte a Raúl hizo el empate. El Málaga estaba muerto (física y psíquicamente). A Zidane se le sumaron todos, Ronaldo, Raúl, Roberto y Figo. Y fue este último el que le tendió una trampa a Juanito (santo nombre); dentro del área, le amagó cien veces hasta que fue derribado. Eso es también un gran futbolista. El propio Figo lanzó el penalti de la victoria. El Madrid ha vuelto, dirán. Creo que no se había marchado. Dormía con un ojo abierto.

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