Las lágrimas de Diego

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Hay gente a la que no le entra en la cabeza que uno se vuelva loco viendo a 22 jugadores en calzoncillos corriendo tras un balón. Esa gente no entiende que el fútbol sea capaz de hacer feliz. Y, mucho menos, de hacer llorar. No entienden que un estadio es un valle de lágrimas en el que, más tarde o más temprano, se llora. Se llora por ganar, como Casillas en Glasgow. Por perder, como Cañizares en San Siro. O por lesionarse, como Ronaldo al ver que su rodilla se partía en tres en Roma. Diego reservaba lágrimas dulces para proclamarse ayer campeón de Brasil con el Santos. A sus 17 años sueña despierto y ve cómo las puertas de la gran Europa se abren de par en par para que su talento pase... y se quede. Ayer llegó al Morumbi con nervios en el estómago, ansioso por brindar al mundo destellos que han logrado deslumbrar a ojos ya deslumbrados como los de Parreira, Scolari o Zagalo. Y también los de Pelé, a quien los meninos da vila han devuelto la ilusión por el fútbol.
Diego pisó el césped y 74.000 aficionados se fijaron en él. Brasil le adora y él lo sabe. Animó a sus compañeros. Miró al cielo. Oyó el pitido inicial y echó a correr. Corrió en calzoncillos tras el balón; quería hacer feliz a quienes aman el fútbol. Pero cuando por fin tocó la pelota, su pierna hizo crack. Se llevó la mano al muslo y pidió el cambio. Sólo había jugado un minuto. Y por eso lloró. Pero sus lágrimas no eran dulces. Eran de rabia.