Primera | Real Madrid 4 - Recreativo 2

El Madrid vive en el filo

El Recre ganaba 0-2 a los 15 minutos - Raúl culminó la reacción - Los otros raúles, Bravo y Molina, enormes

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La categoría de los equipos también se mide por su capacidad para esquivar las guillotinas, y no miro a ningún sitio. Esta habilidad, muy relacionada con el talento, también está influida por la suerte. Es en esos momentos, en los malos, cuando se ve si los equipos están gafados, si tropezarán más veces o si por el contrario no será fácil que se caigan nunca.

Cuando a los 15 minutos de partido el Real Madrid perdía 0-2, cuando el Recreativo lo bailaba sin pudor alguno, nadie, pese a todo, hubiera apostado por una victoria visitante. Ese resultado momentáneo se entendía más bien como un estímulo contra la prepotencia, una emoción inesperada, un modo de regalar alguna oportunidad a la víctima: te doy dos de ventaja, chulería muy de barrio.

Aunque quizá sería más justo decir que fue el Recreativo quien se dio dos de ventaja. En el minuto tres, el primero. Un balón rebotado se coló entre los dos centrales del Madrid y Raúl Molina les ganó a ambos en velocidad y atención. La salida y el posterior despeje de Iker lo aprovechó Cubillo para marcar a puerta vacía.

Cualquier otro equipo se hubiera ahogado de felicidad, pero el Recreativo siguió tocando, o comenzó a tocar. Comprobó que el Madrid no muerde, algo que es cierto en el sentido más amplio de la expresión, porque sus rivales excepcionalmente se ven agobiados cuando circulan la pelota.

Para conseguir el dominio del juego, el Recre, que será modesto pero ha visto vídeos, decidió presionar muy arriba, algo que incomoda muchísimo al Madrid y para lo que no encuentra soluciones. Ni Cambiasso ni Flavio, inédita pareja en el pivote, eran capaces de conectar defensa y ataque.

En estas llegó el segundo gol del Recreativo, después de ocho toques, puro Milán. Los dos últimos fueron un centro en profundidad a Raúl Molina y un pase de la muerte de este último que remató Espínola, el lateral. No hubo pañuelos, ni siquiera esos nervios que dan malos augurios o el rumor que los presagia. Comenzó otro partido. Había tiempo para ello.

Con Zidane voluntarioso, pero todavía ausente, fue Raúl quien se puso al mando de las operaciones. Como siempre, por otra parte. Bastaría con que la mitad del equipo tuviera su actitud para que el Madrid se evitara taquicardias semejantes. Y Figo es de los que se salvan, que conste.

Pronto se vio que la tarde sería cosa de Raúles. El Raúl del Recre, Molina, dejaba en evidencia a Pavón, pese a luchar en solitario contra un ejército. Raúl, el auténtico, volvía a dejar claro que él no mira al techo esperando a que lleguen las musas, sino que las espera picando piedra. Y Raúl Bravo, por su parte, demostraba que el apellido no es casualidad, ni la Selección tampoco.

En una de las acometidas del Madrid, Raúl Bravo se encontró con un balón en la frontal y se comportó justo como no se espera que lo haga un lateral. Pensó, levantó la cabeza, vio la escuadra y la clavó, suavecita. Fabuloso, y sorprendente. Aunque un equipo tan grande como el Madrid no debería permitirse defensas que no fueran capaces de hacer cosas como esa.

Tras el descanso se vio que el Recreativo se metería en la cueva rezando para que escampara. Pero no escampó. Helguera consiguió el empate gracias a un cabezazo en el primer palo que se coló por el segundo.

Y seis minutos después fue Raúl quien puso al Madrid por delante. Sucedió en una de esas jugadas tan suyas, tan inesperadas y tan de revolera. La cogió en medio de una multitud y se hizo huecos a base de recortes hasta que encontró uno y remató con la derecha. No se me ocurre un futbolista con tanta calidad que trabaje tanto.

Lo demás fue un asedio, moderado como son los del Madrid últimamente. También influyeron los cambios, especialmente la entrada de Solari por Cambiasso. El argentino convirtió la izquierda en una zona útil, por la que pueden entrar todos aunque sólo lo haga Roberto Carlos.

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El partido se cerró con un claro penalti de Luque a Guti, que le encaró con ventaja y fue derribado. Su expulsión, aunque justa, dejó un mal sabor de boca, porque no se merecía el Recreativo tanto ensañamiento. Se puso Espínola, que se quedó tan desvalido como todos los futbolistas que han de vestirse de guardametas. Figo anotó y cerró el marcador.

Otro equipo sin confianza se hubiera atascado con el colista y lo hubiera pagado caro, porque los derrumbes comienzan con derrotas así. Pero el Madrid no. Sigue vivo, quizá en crisis, pero vivo. Ya es tercero en la Liga. Y su mera presencia, su nombre tan alto, sirve para inspirar respeto y temor. Tanto como lo puede inspirar quien gana dando dos de ventaja.

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