Lance, Ali, Robespierre
La coronación de Sports Illustrated instala definitivamente a Lance Armstrong en el sueño americano como Lancelot de Texas, pero en un sentido que conviene atrapar. Armstrong llega tan lejos porque "cree en todo lo que hace y dice": eso escribió André Malraux de Maximiliano Robespierre, el amo del Terror en la Revolución francesa. Tan odiado en el pelotón como Robespierre por los aristócratas, Lance, Lancelot de Texas, ha capturado, finalmente, el sentimiento de los aficionados y gurús del periodismo deportivo estadounidense.
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Hace tiempo que los lectores de Sports Illustrated, la Biblia del deporte americano, pedían la máxima consideración con el boss del Tour. Enlazaban los triunfos del ciclista con su maillot amarillo más imponente: la victoria sobre el Galibier del cáncer: "¿Habría debido morir para que ustedes se acordasen de él?", pudo leerse en alguna carta.
A mucha gente les fascinan profetas sin magia en la palabra pero con fiebre en la mirada. Pesimistas que se rebelan contra lo que el pueblo más odia: el cáncer, el fracaso, la muerte. Si surge uno de estos profetas, la gente lo seguirá, aunque él no se deje amar: pasó con Robespierre, con Ali y con Armstrong.
