Laurus a la gimnasia
Pocos deportes hay que simbolicen la excelencia mejor que la gimnasia. En ella se busca la perfección, el 10. En la gimnasia no hay casualidades, ni suerte. Sólo trabajo, trabajo y trabajo, lo que exige no sólo buenos gimnastas, sino además excelentes entrenadores. También, una gran coordinación entre diversos estamentos para no paralizar los estudios de los niños y niñas, obligados desde los siete años a entrenarse ocho horas diarias si quieren ser campeones. Para ello residen en centros de alto rendimiento, donde el horario lectivo se hace compatible con el deportivo.
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Toda esta complejidad impide que los campeones en gimnasia aparezcan por generación espontánea. Sólo los países que son potencias deportivas pueden tenerlos. Y aquí ya no tenemos sólo uno, ni dos, ni tres. Elena Gómez se proclamó el mes pasado campeona del mundo y su título no es si no continuación de los que lograron Gervasio Deferr en los Juegos de Sydney 2000, Jesús Carballo en los Mundiales de 1996 y 1999, y el equipo de rítmica en los Juegos de Atlanta 1996. Y no están solos, que Esther Moya consiguió dos cuartos puestos en los Juegos de Sydney y Laura Martínez, un quinto.
Por todo esto, que el Laurus Ferrer Salat haya recaído este año sobre la Federación Española de Gimnasia no debe extrañar. El Laurus se concede a quienes han destacado extraordinariamente en el deporte, y si los éxitos del atletismo español y la consecución de la Copa Davis vinieron a reconocer el buen trabajo hecho, ahora no podía quedar fuera la gimnasia "por la creación de una generación de gimnastas de élite". Que sirva de ejemplos a otras federaciones, que la de Gimnasia supo cómo aprovechar el viento a favor que sopla en el deporte español desde que se sentaron las bases en 1992.
