Figo no se arrugó
Lanzó los córners y desquició al Camp Nou. Pavón, soberbio en la defensa. Gol mal anulado al Barça.

Figo lo fue todo, porque todo lo que se diga del partido de ayer girará siempre en torno a él, el jugador que fue capaz de dominar a los que eran incapaces de dominarse, no diré cien mil incontrolados, pero fueron muchos. Bastó que Figo fuera valiente, que se atreviera a lanzar los córners, a meterse en esa esquina de insultos y salivazos, para que el Barcelona fuera víctima del odio y los complejos de gran parte de su afición. Cuando el partido fue suspendido, en el minuto 69, el Madrid estaba contra las cuerdas. Cuando se reanudó, después de 15 minutos, el Madrid había recuperado el resuello y sabía que ya no podía perder, hay veces que se puede predecir el futuro.
Con la inesperada ausencia de Ronaldo (griposo o gripado, no se sabe) Figo asumió toda la responsabilidad del partido. Y eso no se limitaba a sacar los córners, sino a pedirla, a jugarla, dispuesto a enfrentarse a los pitos, incluso a disfrutar de ellos, consciente desde el primer instante de que ese estado de histeria podría volverse en contra del Barcelona. Y en su caso, tan importante como su valentía para meterse en las esquinas fue su serenidad, tan lejana de la provocación como de la cobardía.
Pero no sólo el Madrid se salvó por la vergonzosa actitud de una parte del público, sino que el recuerdo de ese bochorno ahogará también los lamentos del Barcelona por un gol mal anulado a Kluivert. Después de lo ocurrido, hay un cierto patetismo en que Van Gaal culpe al árbitro de impedir la victoria de su equipo. Entre otras cosas, porque también influyó él cuando excluyó a Saviola, cuando colocó a Cocu para cubrir a Figo y cuando sacó del campo a Riquelme, el mejor del Barça junto a Motta, también sustituido.
Es imposible juzgar ahora el partido sin el efecto Figo, porque aquello fue la parte y el todo. Pero si Van Gaal insiste se podrá recordar que el Madrid fue superior en la primera parte porque Del Bosque fue mucho mejor entrenador que él. También se le podrá decir que si Puyol y Motta no fueron expulsados por dos entradas salvajes, el primero a Pavón y el segundo a Makelele (retirado en camilla), fue únicamente porque el árbitro se murió de miedo.
El caso es que sin Zidane y Ronaldo, ayer descubrimos al Madrid obrero, un equipo capaz de presionar en todo el campo, hambriento, ordenado, colocado, lo juro. Figo lanzó el primero córner en el minuto 12, pero hasta entonces ya se había destapado como el líder del Madrid, una vez comprobado que Raúl no estaba para muchas fiestas. Cambiasso se aproximaba al futbolista deslumbrante del principio de la temporada, currante y vertical, incluso estuvo cerca de marcar un gol de chilena. Pero quizá la mayor sorpresa del Madrid era el centro de la defensa, sorprendentemente rápido, con Pavón soberbio, ni un error.
En el Barcelona, sólo jugaban Riquelme y Motta, dos futbolistas completamente distintos, uno sutileza y el otro contundencia, pero ambos magníficos. La primera parte se cerró con un córner de Figo que no fue gol directo porque la vida no la dirige Spielberg.
Cambió todo en la segunda mitad: el Barcelona salió transformado, casi poseído, ese debe ser el efecto de una bronca de Van Gaal. Y el Madrid se fue encogiendo, como tantas veces le ha sucedido en este campo, sin encontrar a Figo, muy cansado, ni a Raúl, perdido en el océano, a quién más podía mirar el resto de la tropa.
Hasta que llegó aquel córner, quizá el más famoso de la historia, el de la botella de J&B y la Coca-Cola, el de la cabeza de cochinillo, así conocimos el menú de los tarados. Quizá Figo será recordado siempre por su valentía en aquella esquina del Camp Nou, ni por las asistencias ni los regates, que precisamente en ese campo fueron las mejores de su carrera. Ayer Figo le puso su nombre a un partido. Y eso es ser inmortal.
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