Gol legal de Kluivert
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Lo que cuidan los herederos de Eduardo Miura entre Lora del Río y La Campana puede ser basto, colorao, astigordo, cárdeno o zaíno. Pero son miuras. Un Miura es un Miura. Siempre te puede coger. Casi imposible salir ileso de la plaza. Un Barcelona-Real Madrid en las condiciones actuales de odio y tensión es una fiera ilidiable para un árbitro o para la Gestapo. Medina Cantalejo, que controló mientras le dejaron, se equivocó al no mandar a Motta a la calle con roja directa por su plantillazo avieso del minuto 62 a Makelele. La anulación del gol de Kluivert está sentenciada cuando el asistente da el banderazo sobre la posición adelantada de Gabri, fuera de juego en apariencia. Si no lo está, es por milímetros. Es injusto un fuera de juego contra Kluivert en el tramo final: el balón volaba en el campo mojado. Pero la electricidad y el veneno que transmite el ambiente y que se extienden como gelatina táctil, viscosa, marcan como un hierro candente. Las piedras, las botellas de JB y Coca Cola que cayeron sobre Figo, el fuego en los córners y la explosión de rencor se meten bajo la piel.
Cantalejo, bien preparado y ubicado, repartió errores de no demasiada monta y tuvo el valor de parar el juego cuando los córners y los boixos se pusieron imposibles. Tenía en contra la llovizna que mojaba el campo y hacía espectaculares las caídas. No aparecieron otros generadores de tensión como Hierro y Ronaldo. Pero un Miura siempre es un Miura. Y va a peor.
