Confirmación de alternativa
La Real presentó su candidatura al título en el Bernabéu. Zidane hizo mejor al Madrid. El empate, justo.

Tienen mala fama los empates a cero, como si fueran el resultado de los que no merecieron nada, ni siquiera el gol de rebote, el que pega en el trasero o en la canilla. Surge entonces el tópico y se suele hablar de empate a nada, o a bostezos, y se dice también, para justificar el lamento, que los goles son la salsa del fútbol. Todo eso, que es cierto en ocasiones, fue mentira ayer, gran partido a brazo partido en el que las porterías fueron necesarias, por los postes.
Es fácil que el Madrid reciba palos: sólo ha ganado un encuentro en las últimas seis jornadas, el de Vallecas, ni un contrario temible. Sin embargo de todos los elogios que disfrute hoy la Real algunos deberían corresponder también al Madrid que, si es verdad que no fue superior, tampoco pareció nunca inferior. Se podrá culpar al Madrid de no ejercer ni de anfitrión ni de galáctico, pero ayer no tenía delante un equipo de medio pelo (tipo Genk) sino un rival serio y compacto que luchará por el título de Liga, ayer lo supimos. Y la conclusión fue un empate justo que no desmerece a nadie.
Fue un encuentro de despliegues: la Real desplegó orden y una colocación perfecta; el Madrid desplegó a Raúl y tampoco estuvo falto de colocación, al menos al principio. La diferencia es que la Real tiene pensado el resto de la película y el Madrid la improvisa.
En el minuto 13, cuando todavía se cacheaban, Raúl cabeceó al poste un buen centro de Solari y lo hizo con Aranzábal subido a su chepa, cual koala, lo que es un mérito por parte de ambos. En jugadas así (en todas, yo creo) se comprueba que Raúl es imprescindible, una estrella que se comporta como un minero, lástima que su ejemplo no sea más contagioso. Y con él en el campo, con su presión a la defensa contraria, se hace más sangrante aún la actitud de Ronaldo, a verlas venir. No se entiende que Del Bosque lo eximiera de los encuentros contra el Oviedo o el Genk porque el brasileño tiene, todavía, una alarmante falta de partidos.
Ayer la contribución de Ronaldo a la causa fueron un chutazo con efecto desde fuera del área y un desmarque que anuló el árbitro por fuera de juego que no era. Muy poco. Por eso, cuando se retiró del campo, sustituido por Morientes, el Bernabéu le despidió con silbidos, que es como dar un aviso al torero que no mata.
El poste de Raúl no fue sólo la primera gran ocasión, también supuso el inicio de la pelea. La Real contestó con Nihat (portavoz y puñal) y el Madrid replicó con una combinación en el centro del campo que culminó con un taconazo de Raúl a Cambiasso, que se quedó solo ante el portero. Solo e indefenso, me temo, porque el argentino, sin picardía, vio cómo Westerveld le arrebataba el balón.
A esas alturas (20) la Real tenía controlado el partido. Y sin patadas. Es un conjunto compacto, capaz de jugar al trote y al galope. Karpin bastaría para hacer un equipo solvente aunque estuviera rodeado de teletubbies. Y no es el caso. Nihat sabe correr, De Pedro le abre pasillos y Kovacevic juega de hombre-boya. Por detrás, los tanques: Alonso, Jauregi, Aranburu... Tienen pinta de llegar a la recta final.
Hay que decir que, por momentos, Casillas fue el héroe del Real Madrid, las crisis hacen crecer al niño. Salvó dos mano a mano y rechazó un disparo que se colaba. También fue bendecido con dos postes a tiros de Kovacevic, uno de ellos en jugada mal anulada por el línea. Y cuando el Madrid peor lo pasaba (Raúl exhausto), salió Zidane al campo para inventarse cosas, para hacer mejores a sus compañeros y mandarles pases en los que el balón ya lleva las instrucciones, como un Kinder sorpresa. Pero la Real sobrevivió; los acosos en el Bernabéu ya no dan miedo.
El empate final, a todo menos goles, terminó siendo generoso: la Real se confirma en una gran plaza; el Madrid se limpia de los peores vicios (la apatía, el desorden), como quien se quita lastre antes de escalar una gran montaña, de Barcelona a Tokio.
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