Crisis cardiaca
El Madrid empata contra el Genk en un partido penoso, pero será primero de grupo gracias al empate del AEK en Roma
Si no lo vieron, no lo hagan. Si lo grabaron, tiren la cinta, o alquilen La matanza de Texas, algo que les dé miedo, terror, un programa de José Luis Moreno también vale. Si lo vieron, qué puedo decirles, que hay que ser fuertes, que ánimo, que el Real Madrid se ha clasificado primero de grupo y que en muchas ocasiones los futuros campeones se forjan gracias a rebotes estrambóticos y después de actuaciones ruborizantes. Porque el liderato del Madrid se debe al empate del AEK en Roma y en concreto al gol de Walter Centeno, un costarricense al que el pueblo pide para el partido del Centenario, gracias Walter.
Lo de ayer fue espeluznante. El Real Madrid no puede permitir que un equipo de animosos leñadores, y lo digo en el sentido más amplio del término, le empate un partido después de crearle diez ocasiones clarísimas de gol.
Es cierto que a estos belgas les debieron decir que su rival se encogía con las patadas y ellos se lo tomaron en plan Puerto Hurraco. Y también lo es que con algunas de las entradas del Genk uno se puede hacer un nombre en Alcatraz, especialmente con el plantillazo por detrás que le metió un tal Zokora a Morientes, en pleno gemelo. Pero nada justifica tanta apatía, tanto desinterés. Más aún cuando el Madrid, lejos de ganar esta pelea con fútbol, decidió meterse en la reyerta y el propio Morientes respondió con una entrada salvaje a uno que pasaba por allí, que ni siquiera había sido su agresor, qué he hecho yo, parecía decir la víctima, casi descuartizado.
Se preguntarán qué hacía el árbitro entonces. Pues no hacía nada. Era un tipo que le hubiera sacado tarjeta amarilla a Jack el Destripador, y por reincidente. En el fondo era el colegiado ideal para un encuentro tan bochornoso. La UEFA es sabia.
El Madrid se adelantó en el marcador en el minuto 20 con un gol de Tote, al aprovechar un balón que Pavón golpeó con la oreja. Todo la jugada tuvo la incondicional ayuda del portero del Genk, un personaje blandísimo (y en todos los sentidos), que salió a por berzas.
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Permítanme un inciso. El Genk viste las camisetas de una firma deportiva que ha apostado por lo modelos entalladitos, lo que es muy sexy si estás fornido o eres italiano, pero que resulta ridículo y pachorrero si tienes michelines e incipiente tripilla cervecera, el llamado cuerpo pera. Así lucían los muchachos del Genk y sobre todos ellos su flamígero portero.
Volvamos al suicidio colectivo, porque el Madrid, en lugar de acabar con la farsa, prefirió mirarse al espejo, qué equipo tan regalado de sí mismo, incluidos los suplentes. Nadie cerró la bocaza de los leñadores con goles, como se hace en el barrio. Morientes tuvo varias ocasiones y el árbitro se tragó dos penaltis a favor del Madrid. César salió como su homólogo el blandito y empataron los belgas. No hay excusa. No se pierden partidos, es prestigio. No siempre estará Walter.