Campeona de la abnegación
Arantxa ha dicho basta. Basta a coger un avión, llegar a una ciudad, jugar un partido, y otro, y otro, volver al avión, viajar a una nueva ciudad para jugar y jugar. Si resultaba eliminada, su vida tampoco cambiaba. En vez de jugar se entrenaba. Y si una semana no tenía ningún torneo, se entrenaba igualmente. Más incluso todavía. Era consciente de que no era ninguna superdotada. Sus carencias las suplía con entrega, con abnegación, con horas pegando raquetazos, con días encerrada en un gimnasio. Así desde los 13 años, desde que era una niña. Ahora está a punto de cumplir los 31.
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Nadie le ha obligado a que hiciera esta vida. La ha llevado voluntariamente. Porque era lo que sabía hacer, porque ganaba y porque le gustaba. Pero no ha sido una vida de rosas, sino de sacrificio. En el sentido más literal de la palabra. Si ha sido la mejor fue porque era también la que más ha trabajado. Que no le quepa a nadie la más mínima duda. Jugadoras tan buenas como ella las ha habido a cientos. Por eso en un momento determinado podía perder con cualquiera. En cuanto se relajaba un poco. Pero ella, todo coraje, todo abnegación, jamás se dio descanso. Por eso también llegó a ser quien es.
Ni siquiera este año, en el que apenas sabíamos de ella, se rindió. No le fue bien en las competiciones individuales, pero ganó seis títulos de dobles en tres continentes distintos, o sea que de parar nada. A cambio, sí, ganó mucho dinero, tanto que tuvo problemas con Hacienda por afincarse en Andorra. Pero llega un momento en el que no se juega sólo por dinero, sino que hay otras motivaciones. Y esas son las que mantuvieron la llama de Arantxa, convertida en mito desde ayer y en ejemplo de que no sólo se es campeón por generación espontánea sino también por dedicación, perseverancia y fe.
