La fea manía de la ley de compensación
No me gustó nada Rodríguez Santiago. Cometió el pecado más grave y feo en un árbitro: aplicar la compensación movido por una conciencia intranquila. Pitó mal para Madrid y Rayo y hemos de acusarle de cometer delitos de mayor y de menor grado. Desde varias manos voluntarias sin amonestación a una falta inexistente convertida en penalti. Perdió el criterio muy pronto y jamás consiguió enderezarlo, yéndose a la deriva a partir del riguroso libre directo decretado por carga de Dorado a Figo, origen del gol de Roberto Carlos. No hubo tal falta sobre el portugués. Vallecas se le vino encima y le tembló el silbato desbordado por las protestas de los vallecanos. En su fuero interno le remordía la duda de haber hecho una concesión al Madrid y estaba loco por darle algo al Rayo.
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Entonces Rodríguez Santiago esperó la caída de una hoja en el área de Casillas para señalar penalti. Lo hizo Azkoitia: peleó enredado con el balón buscando una pierna enemiga hasta trabarse él mismo ante Hierro. El colegiado no vio nada desde su colocación, seguro. Pero indicó el punto de los once metros convencido de que era una decisión justa antes que ajustada a reglamento. Mal negocio.
Minutos después Salgado sí cometió un penalti por manos que Rodríguez no pudo ver al dirigir su mirada adonde no estaba el balón. Calamitoso. Era la guinda a una actuación desafinada en las apreciaciones punibles y en amonestaciones repartidas al antojo. Por fortuna para el partido, sí acertó en la falta que decidió el marcador.