Golpe de cantera
El Real Madrid eliminó al Oviedo y Del Bosque celebró su partido 200 al frente del equipo. Portillo y Tote, bigoleadores
Es un pecado decir ahora que no fue tan fácil, hoy nadie se acuerda, e incluso hubo quien lo olvidó en la segunda parte, cuando el partido era un baile, sólo el Madrid en el campo, el Oviedo ya era un peluche. Pero no fue tan fácil, ya lo he dicho.
El Oviedo salió con el cuchillo (o el termómetro) entre los dientes, con toda la energía que puede acumular un equipo gravemente enfermo. Y el Madrid, en cambio, se presentó titubeando, con McManaman de capitán (cielos), que es otra forma de dudar, aunque le queda bien el brazalete, todo hay que decirlo, mejor aún un sombrero de copa.
Fue en esos primeros minutos cuando el Oviedo pudo soñar, el tiempo que tardaron los jugadores de este Madrid inédito en aprenderse los nombres. Luego llegó un fabuloso control de Portillo con el pecho que precedió un gran tiro con la izquierda. Esa la paró el portero. Pero fue un aviso. Muy poco después, el propio Portillo aprovechó un pase de Solari que rebotó en un defensa y le dejó solo frente al guardameta, posición dudosa, hoy nadie se acuerda, gol.
Siguió luchando el Oviedo porque los rabos de lagartija sobreviven un rato, e incluso pudo marcar (David Cano) y hasta le hicieron un penalti, por patadón de Rubén a Paredes, que por poco lo mata. Pero es triste el sino de los pobres. Levantas un poco la cabeza y te cae encima una maceta. O un árbitro, que es peor.
A esas alturas el Madrid ya era el dueño del encuentro. Un Madrid diferente, incansable, ilusionado. El entusiasmo no lo es todo, pero es mucho. Sirve para ganar estos partidos que las estrellas detestan porque en ellos no se gana nada, sólo se pierden cosas. Quizá por eso se reían en el banquillo Cambiasso, Morientes y Guti, aliviados.
Cuando terminaba la primera parte, Tote sentenció la eliminatoria con un gol que duró años, el control, el darse la vuelta, el chutar. Así está la defensa del Oviedo, en la primera fila del cine, ajena y miope. Por parte de los locales no hubo más, si acaso un tipo con un silbato que despistó a su propio portero, que cogió el balón fuera del área pensando que la jugada estaba anulada.
El Madrid, cada vez más estirado, parecía mejor y mejor según pasaba el tiempo, peor y peor el Oviedo. Solari abría con mucho peligro la izquierda, es encomiable su entrega aunque le manden llevar de paseo a los niños. Raúl Bravo le escoltaba como tienen que desdoblarse los laterales, y sigo sin mirar a nadie. Cómo sería la desolación de los rivales, que por la derecha terminó hasta por entrar McManaman, que en una de sus incursiones centró a la cabeza de Tote, que la picó a gol.
De los mayores, también jugaron Flavio y Celades, los dos como siempre (nunca están como nunca) y también César, que está amargo. Pavón, que ya tiene el carnet, cumplió.
El fin de fiesta fue otro gol de Portillo, tan afilado como su peinado, a bocajarro, buen pase de Miñambres, ayer por debajo de sus posibilidades. Tan acostumbrados estamos a la parsimonia de Ronaldo que es electrizante comprobar la hiperactividad de Portillo, parecido en eso a Raúl. Tote es otro estilo, más instinto, más cuerpo, más Morientes, más tranquilo.
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Tenía razón Del Bosque, no era un desprecio a la Copa, siempre le acusamos de no rotar la plantilla y cuando por fin lo hace, también. Los ricos también llevan su cruz. Sin embargo, es difícil creer que todo este ruido de cantera sirva para inquietar a algún titular, de tan hecho que está el superequipo, tantos cracks, a ver a quién quitas, cuántas veces habrá murmurado esa frase el entrenador en los últimos tiempos.
Por cierto, Del Bosque cumplió ayer 200 partidos en el banquillo y se regaló un equipo de canteranos, de descubrimientos, lo que más le gusta. En el fondo, él trabaja haciendo el casting de Operación Triunfo pero si no afina Bisbal le nominan a él.