Que viene que viene
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Ser una Kournikova se ha convertido en una expresión que sirve para designar a una rubia exuberante de carnes prietas (dato básico) y zapatillas de deporte o chándal, que tanto da, y pelín sudadita. "Es una Kournikova", dicen ellas despectivamente, pues infravaloran el interior por el exterior, y lo mismo repiten ellos sin valorar el interior, que no es el caso. Esta forma de trascendencia la ha conseguido Kournikova sin ganar un solo torneo, lo que es un mérito, y me da la impresión de que Hingis daría las copas propias (y las de Sergio) por aletear las pestañas de forma semejante, que no todo es el drive liftado que se han de comer los gusanos.
Pues bien, Kournikova, la musa, viene a Zaragoza, a jugar con Conchita un partido de exhibición. De exhibición, insisto, que este punto es importante. De ganar, ni hablamos. Y a estas alturas de viaje pretenderlo sería un craso error: si la tiene, uno debe ser fiel a su fama. Viene Kournikova, decía, y la recibiremos con los brazos casi descoyuntados de puro abiertos. Ya sabe algo de España por Enrique Iglesias (maldito), pero descubrirá que no a todos nos quedan las mangas largas (las manos son otra historia). Luego bastará hablar con ella, ya saben ustedes que plaza que parlamenta está medio conquistada.