Épica, la del Tour de 1903
En torno al ciclismo moderno se ha ido creando una épica que no le corresponde. Épica, la de los ciclistas que corrieron el primer Tour, aquel de 1903 que da lugar a los fastos del centenario de la carrera. Les ponen el recorrido de ese Tour a los corredores contemporáneos y les da un patatús. Para empezar, una etapa de 467 kilómetros, en la que las prisas las ponía el ciclista. Quien quisiera podía pararse a dormir y el que no, podía encender una linterna, colocarla en el manillar y seguir pedaleando de noche. Los primeros no debieron detenerse mucho. Tardaron menos de 18 horas, paradas incluidas.
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Más de una tuvieron que hacer, porque entonces no existían los avituallamientos, según me cuenta Bernardo Salazar. Cuando había hambre, se paraba a comer en algunas de las poblaciones por las que pasara la etapa. Aún así, el ganador hizo una media de 26,3 kilómetros por hora. Añadimos una bicicleta que pesaba 15 kilos, unas carreteras adoquinadas o de tierra, unos tubulares que había que llevar encima y casi la seguridad de tener que hacer el recorrido en solitario, y a ver quién se atreve a hacer lo mismo ahora. O sea, que épica la de antes y tópicos, los de ahora.
Es verdad que el ciclismo ha evolucionado. El ciclismo antiguo era de resistencia; el moderno es de grandes esfuerzos pero muy concentrados. Así hay más espectáculo. Hemos salido ganando, porque podemos contemplar batallas cortas, pero de tanta intensidad que los ciclistas se entregan hasta la extenuación. A cambio, éstos viven por y para el ciclismo. Les llevan, les traen, les lavan la ropa, les dan de comer, les masajean, les pagan y hasta les meten química en el cuerpo con la excusa de que su organismo no resistiría tantos esfuerzos. Pues a esos les ponía a emular el Tour de 1903 para que reventaran.
