Primera | Racing 2 - Real Madrid 0

Monólogo del Racing

El equipo de Preciado bailó al Madrid. Munitis cumplió su venganza. Los cracks, ausentes.

<B>LA CARA QUE SE TE QUEDA</b>. Guti y Ronaldo, después de uno de los goles del Racing.
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McManaman, tipo encantador y simpático, está más para protagonizar la segunda parte de Notting Hill que para fajarse en duras batallas. Pero no es culpable de la derrota del Madrid. Tampoco Cambiasso, una sombra del prodigioso jugador que fue a principio de temporada, incapaz ahora de mirar hacia delante. Ni siquiera es responsable Helguera, desafortunado en todo lo que hizo, igual que Zidane. O Ronaldo, al que no le llegó ni un balón en condiciones. El problema del Madrid no es nuevo, ni de ayer. Le falta motivación o concentración, o ambas cosas si es que no son lo mismo. Es incapaz de encontrar razones en los partidos normales, los que son mayoría en la Liga, los que escapan a su alcurnia de equipo sideral. Esto sucede fuera de casa, porque el Bernabéu es un guateque. Allí sí hay motivos. Hay silbidos y hay aplausos. Y huele a colonia.

El partido de ayer comenzó con una discutible decisión táctica. Del Bosque colocó a McManaman en el lugar de Figo, con lo que renunció a la banda derecha. Eso dejó al equipo manco, a expensas de las incursiones de Roberto Carlos por la izquierda. Pero no, cuando se habla del Madrid de las estrellas no se puede explicar ninguna derrota por un error de pizarra, sino, en este caso, por una ausencia total y absoluta de ilusión, justo lo que le sobra al Racing.

Es cierto que no estaban Raúl y Figo, pero con ellos en el campo el equipo ya vivió situaciones similares, aunque quizá no tan patéticas. Porque nunca más que ayer el Real Madrid pareció un equipo endeble, nada aguerrido, sin inspiración y sin expiración, quizá acostumbrado a dejar pasar a Ronaldo en los entrenamientos, demasiado pachangueros me temo.

También jugó el Racing, sería injusto no destacarlo, y lo hizo bien, alegre y generoso. En especial, el uruguayo Regueiro (de pólvora), buen extremo izquierdo al que el Madrid convirtió en Gento. Menos sutil estuvo Munitis, acelerado e hiperactivo, capaz de revolverse ante Roberto Carlos codos al aire, poco elegante, pero siempre peligroso, eso hay que admitirlo.

Cómo sería la cosa, que en los primeros 40 minutos de partido, la única respuesta que tuvo el Madrid al asedio del Racing fue un disparo lejano de Ronaldo que atrapó Ceballos. El brasileño no hizo nada más, pero en su descargo hay que decir que amagó media docena de desmarques y ningún compañero, quizá por falta de costumbre, se dio por aludido.

El primer tanto del Racing fue una consecuencia lógica de lo que sucedía en el campo. Nafti, un tunecino con cara de faraón, sorteó una entrada playera de Helguera y se paseó por el área del Madrid hasta descubrir a Regueiro y entregarle el gol en bandeja. Ni siquiera eso hizo reaccionar el Madrid, ni siquiera la arenga en el vestuario.

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La segunda parte fue igual, el Racing haciendo de equipo fino que triangula y busca las bandas. Y el Madrid casi ridículamente desbordado, lento y sin casta. Y a los cinco minutos de la reanudación llegó la afrenta que faltaba, el gol de Munitis tras nueva cantada defensiva, que quiso tirar el fuera de juego y se dejó a Hierro por el camino. Munitis lo celebró rabioso y sin camiseta, justiciero, vengándose del equipo que le paga, que le hizo rico y famoso pero que no supo apreciar todo su talento, me lo merezco.

El Madrid siguió perdido, impotente. No pudo ni encerrar al Racing en su campo, a pesar del empeño de Del Bosque por meter delanteros centros. Llegaron a coincidir Ronaldo, Morientes y Portillo. No sirvió de nada. O quizá sí porque fue una derrota tan aplastante que tendría que valer para sacar conclusiones. Y para ponerse serios, para admitir que este equipo rutilante tiene un grave problema, más de seis meses sin ganar fuera de casa. Para hacer terapia de grupo y dejar de mirarse el ombligo. Para aprender a sufrir.

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