Nos queda Andre
Agassi rescata en Madrid el tenis de talento con una fácil victoria ante Gambill, mientras Corretja supera el reto de Kafelnikov y Albert Costa se retira


Andre Kirk Agassi tiene las mejores manos del circuito, los ojos de lince, una calva mágica y un segundo saque liftadísimo que le vale para ganar puntos, incluso a menos de 130 kilómetros por hora. Suficiente para ganar sin despeinarse (es imposible...) al proyecto de Adonis que las agencias de modelos llaman Jan-Mike Gambill. Agassi barrió a Gambill en el Rockódromo con tanta suficiencia como el mes pasado en Nueva York. Toma carisma, chaval.
Pero Andre Kirk Agassi, homo sapiens y esposo de Steffi Graf, hace algo más. Mucho más: preserva el tiempo para que el tenis, siga viviendo en la edad de los superdotados: Borg, McEnroe, Connors, con los que Andre convivió. Mientras, generaciones de robots envejecen en el óxido del olvido.
Y el que ve a Agassi regresa, por obra de esa magia calva o calva mágica, a las épocas doradas en que hombres inteligentes abatían ceporros a base de talento: como hizo el homo sapiens de Las Vegas, cuyo biberón fue la raqueta, con Gambill, otro de esos bellos neandertales, que se machacan en gimnasios. Cada golpe de Agassi era fácil. Los saques de Gambill chirriaban, aunque superasen los 200 kilómetros por hora.
Andre empezaba el punto con un saque angulado superliftado... o con un resto antitanque. Gambill no tenía solución ni munición: ni de revés a revés, ni mucho menos de derecha a derecha: cada golpe de Simplemente Andre era simplemente mejor que cada mecanicismo de Gambill.
En el nombre de Andre, y en una tarde extraña, el tenis de la edad original apareció en el Masters como el espejismo en el desierto: el cabeza de serie número uno, Tommy Haas, se retiró por ampollas en la mano cuando ya perdía ante el torturador profesional Fabrice Santoro. Albert Costa no quiso jugarse la espalda ante Lapentti a cambio de un puñadito de puntos. Novak concedió a Robredo dos juegos en una hora y dos minutos.
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Al fin, Corretja torció en tres sets el bigote rubio de Kafelnikov, desesperado ante el muro enrevesado de Álex. En el pedregal, aún nos queda Andre.