Yo digo Juanma Trueba

Revolución bocadillo

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La clave está en el bocadillo. Ahí radica la diferencia. El verdadero éxito del tenis (y de este torneo) llega cuando se convierte en un acontecimiento social, popular, no sólo deportivo. Sucede en Roland Garros, capaz de captar la atención de París dos semanas. Y ocurre lo mismo en Wimbledon, con la realeza presente en el palco. En un lugar y otro las costumbres gastronómicas difieren. En Roland Garros los bocadillos se llaman baguettes y te cobran el precio del pan, de la loncha, de la garita y del señor de bigote. En Wimbledon los bocadillos se llaman fresas con nata y se suelen empujar con champán. El precio, el de una baguette. En ambos casos el tenis es el origen de la fiesta pero no el único motivo.

El tenis de élite (el de esta semana) sigue pareciendo para algunos poco menos que un cóctel en una embajada, algo que se produce y queda bonito por la tele, pero a lo que no estás nunca invitado. Por eso es necesario que los bocadillos de tortilla invadan las gradas, que se pierda el miedo a entrar. No es necesario ser un gran aficionado, hay eventos tan especiales que enganchan por sí mismos. Tengo borrosos recuerdos de cuando en Madrid había ciclismo en pista, tenis, incluso atletismo, y los padres cogían de la mano a los niños y les plantaban allí, tiesos y boquiabiertos, con un bocadillo de tortilla en las manos, listos para ser felices sin fútbol.

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