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Molina, huraño y con palabra

La carrera de Molina ha viajado en montaña rusa. Demasiado para un tipo callado y seco, pero de palabra, según Gil.

<b>CON SU ÚNICO HIJO</b>. Molina no es amigo de exhibir su vida privada.
Manolete
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Molina siempre ha sido un jugador diferente. Tosco, huraño, seco en el trato. Así fue con Antic en el Atlético y con Camacho en la Selección. Y con ambos tuvo peloteras. Pero Molina ha sido solidario con sus compañeros y reservado con el resto del mundo. Incluso a sus más íntimos, como su representante, Alberto Toldrá, o el valencianista Juan Sánchez, les anunció su boda... dos días antes de la ceremonia. Nunca le ha gustado la popularidad, ni tampoco el oropel que rodea al fútbol profesional. Su palabra era sagrada y prefirió seguir en el Atlético y pasar de Barcelona y Real Madrid por el simple hecho de que Jesús Gil había confiado en él pese a haber descendido con el Albacete y encajar trece goles en dos partidos postreros.

El primer ejemplo de portero lo tuvo Molina en su padre, que fue guardameta aficionado en varios equipos de Regional y de Tercera (el Lliria, por ejemplo). Llegó a la portería por casualidad. En un torneo playero en Puebla de Farnals, sus amigos sortearon el puesto de portero y le tocó a él. Allí le vio Enrique Soriano, que se lo llevó al Benimar y acabó convirtiéndose en el entrenador más determinante de su carrera.

Aún muy niño, su padre le hizo socio del Valencia. Sin embargo, a los 17 años se trasladó con su familia a Madrid e hizo una prueba con Real Madrid y Rayo. No las superó y acabó en las categorías inferiores del Valencia. A Segunda llegó gracias al Villarreal, pero fue en el Albacete, de la mano de Benito Floro, cuando debutó en Primera. El club manchego se fue a Segunda y él tuvo un mal final, pero Gil se lo llevó al Atlético junto a Santi. Un año después, Molina ya era campeón de Liga y Copa. En el Atlético nunca fue locuaz y no tuvo una relación intensa con sus compañeros. No obstante, en la segunda temporada se enfrentó con Antic, en una discusión acalorada en el vestuario y en la que salió en defensa a Caminero.

Fue entonces cuando Madrid y Barcelona intentaron ficharle. Su libertad valía 400 millones de pesetas. Sin embargo, Molina, pese a que el Atlético se había ido a Segunda, le dijo Gil que estaba dispuesto a seguir. Acabó en el Deportivo porque el Atlético necesitaba los 3.000 millones de pesetas que pagó Lendoiro por él, Valerón y Capdevila.

En el 96, en Oslo, debutó en la selección, pero no como portero. Clemente, sin suplentes, le dio entrada por el lesionado López. Actuó como interior izquierdo y se apuntó un disparo a puerta. La selección es su asignatura pendiente. En la Eurocopa de Bélgica y Holanda Camacho lo eligió contra Noruega. Falló y no volvió a salir del banquillo. Tuvo una bronca con Camacho, al que llegó a pedir que le dejara volver a España. Sus compañeros y algún directivo lo pararon. Nunca más volvió a estar en una convocatoria, pero sí sacó el tema dos años después, aunque luego se arrepintiera.

Molina, en cualquier caso, no resulta un jugador común. Es un entusiasta del grupo musical Revólver y amigo del vocalista, Carlos Goñi. Es muy complicado verle en fiestas o actos deportivos. Prefiere encerrarse en casa con su familia.

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El fútbol no es su obsesión. No es amante de ver en vídeo a los rivales. Tampoco se vuelve loco con el dinero. Sus representantes, Alberto Toldrá y Ginés Carvajal, se han mostrado muy sorprendidos de lo fácil que es negociar sus contratos.

En la vida civil, Molina suele dar una imagen callada y tímida. Adusto en sus relaciones con la Prensa y los aficionados, no exterioriza sus sentimientos. Pocos en el Deportivo conocían su enfermedad. También pasa por ser un luchador empedernido. Siempre se ha ganado el respeto de su gente y los directivos saben que nunca le han tenido que censurar sus opiniones.

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