Raúl o la teoría de los tiburones
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Pensaba defender la tesis del descanso, de la prudencia, de proteger a Raúl, de la inutilidad de jugar contra Irlanda, unos amigos. Y según preparaba el alegato, me venía arriba y me convencía de que ni siquiera debió jugar contra el Betis, demasiado precipitado, demasiado riesgo, muchos recambios. Ya sé lo del gol, pero estaba crecido y dispuesto a demostrarles que otro lo habría marcado. Les hubiera recordado también aquello del que mucho abarca y poco aprieta; es convincente el refranero popular. Pero según buscaba argumentos para reforzar mi demoledor discurso recordé, de pronto, algo que escuché una vez: los tiburones si se paran, mueren. Y me quedé sin argumentos, desolado y veleta. Malditos escualos. Allí estaba todo. Si intentas que un tiburón no se comporte como un tiburón es probable que te quedes sin tiburón. Quizá, con una sardina.
Lo que hace diferente a Raúl no está en sus piernas, sino en su cabeza, en su forma de entender el fútbol como algo personal que pone el honor en juego. Ese es un orgullo muy de barrio que tienen muy pocos y que casi ninguno mantiene cuando llegan los millones y los divismos. Por eso corre Raúl cuando no enfoca la cámara y por eso mismo no se quiere perder un partido. Y por eso, precisamente, nos gusta. Es cierto que asume riesgos y que algunos podrían evitarse (el de Irlanda). Pero quizá el día en que Raúl dosifique ya no sea él sino los otros, los genios que miden sudores, las estrellas intermitentes, el resto, en fin. Yo, incauto, pensaba hacer ver la importancia del descanso. Pero no valdría de nada. Los tiburones son ciegos. Por eso confunden el chapoteo de un surfista con una tortuga. Y el de un defensa con un boquerón.