La marcha está sentenciada
En mala hora llega la descalificación de Cambil en la Copa del Mundo de marcha. El chico llevaba ya seis minutos celebrando su medalla cuando llegan los jueces y le dicen que está descalificado. Claro, que peor fue lo del mexicano Bernardo Segura en los Juegos Olímpicos de Sydney: había ganado y recibía la felicitación por teléfono del presidente de su país, Zedillo, cuando alguien se le acercó y le dijo "te han descalificado". Vaya trago y menudo ridículo. Más o menos como el que pasó Plaza, tercero en los Mundiales de 1991, porque recibió la descalificación en plena conferencia de prensa.
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Y esto es lo que no puede ser. No porque seamos nosotros los más perjudicados, que eso tampoco es cierto pues de todo ha habido. La misma María Vasco se benefició de cuatro descalificaciones en Sydney, una de ellas escandalosa porque la protagonizó la australiana Jane Saville, expulsada de la prueba cuando entraba primera en el estadio. Lo que resta crédito a la marcha es tanta descalificación. Ayer mismo, los jueces descalificaron a Rasskazov cuando le quedaba un kilómetro para ganar, como descalificaron a Massana en los Juegos de Barcelona en el momento que iba a hacer doblete con Plaza.
Valgan estos ejemplos a vuela pluma para reflexionar sobre el futuro de la marcha y por qué el Comité Olímpico Internacional quiere suprimirla del programa de los Juegos. Desde luego, argumentos no le faltan. Sólo se le podrían rebatir si la marcha aplicase las modernas tecnologías a las zapatillas de los marchadores. Hasta que no sea así, descalificaciones como las de ayer no ayudan precisamente a la marcha, que vive en una burbuja en la que el resto de los mortales no podemos entrar, pues sólo el ojo clínico de los jueces es capaz de determinar si quien llega primero será el vencedor en una prueba llena de tramposos.
