Perezoso y comilón
Nacido en Urretxu (Guipúzcoa), hace 27 años, y vecino de San Vicente del Raspeig (Alicante), desde los once, Aitor González se considera guipuzcoano-alicantino.
El vencedor de la última Vuelta a España dejó los estudios a los 16 años para ser ciclista y contó con el apoyo de sus padres en su decisión. Para conseguir ser un campeón ha tenido que dominar sus dos grandes pasiones, dormir y comer, muy reñidas con el espíritu franciscano que exige este deporte.
En este tiempo que se mide al milímetro la secuencia de pedaladas óptima de cada ciclista, sus kilómetros diarios de entrenamiento, su alimentación, su peso y un largo etcétera, ha surgido Aitor González para romper moldes. "Los que me conocen saben que soy un poco tarambana. Ahora que he ganado la Vuelta me tengo que obligar a ser más metódico, pues sé que puedo mejorar en bastantes aspectos", dijo tras su exhibición en el Bernabéu.
Si consigue robotizarse, tiene un amplio margen de mejora, seguro. Pero no le va a ser fácil, porque Aitor se mueve por instinto y no le importa saltarse el guión, como se vio en el Angliru. Diez días antes de que empezara la Vuelta, se zampó unos huevos fritos con morcilla (tremenda patada al manual de la buena preparación) tras un entrenamiento. La comida y la cama son sus grandes vicios. Y lo reconoce: "Soy muy comilón y me gusta mucho la cama". Pero son sus únicos puntos débiles, pues no bebe alcohol, ni sale nunca por las noches.
Pastelitos Martínez. "Con nueve años empezó a salir con los de mi peña ciclista, la Manuel Guijarro, de San Vicente. No le gustaba madrugar, pero se animó porque a mitad de recorrido nos parábamos a almorzar y eso sí le gustaba", recuerda su padre, Manuel González, que aporta otro dato: "Cuando era juvenil le llamaban El Martínez, porque siempre iba cargado de pastelitos de esa marca de repostería. Nunca controló su peso hasta que llegó a profesionales. Entonces notó que le sacaban de punto y empezó a mirar la báscula".
"Siempre tiene ideas muy fijas. Cuando se le mete algo entre ceja y ceja, no para hasta que lo consigue", cuenta su madre, Emilia. "Y siempre tuvo muy claro que quería ser ciclista". añade su padre.
Cuando tenía 16 año, Aitor les dijo a sus padres que dejaba los estudios (cursaba 3º de BUP) y que iba a ser ciclista. En otra casa le habrían dicho: "Vale niño. Primero estudia. Ya cogerás la bici en vacaciones y el fin de semana". Pero la familia González dijo: "De acuerdo". "Cada persona tiene derecho a intentar encauzar su vida", argumenta doña Emilia. "Yo siempre estuve convencido de que tenía una cualidades impresionantes para ser ciclista. Cuando era aficionado tenía una capacidad pulmonar de 7,25 litros y una potencia de 450 watios. Supongo que ahora tendrá más", apunta don Manuel.
Cuestión de familia. Los padres han tenido gran parte de culpa en la forja de este campeón. No sólo le apoyaron sin reservas, también le espoleaban continuamente. La madre, controlando siempre su alimentación, su gran pecado, y el padre empujándole a entrenarse. "A Aitor siempre le costó sacrificarse, hasta que en 1996 le cogió como preparador Ignacio Labarta (técnico del Kelme y entrenador de Escartín y Vicioso entre otros). Ignacio le dio un método de entrenamientos y le enseñó a machacarse", cuenta don Manuel.
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No fue fácil, en todo caso su camino. Pese a su doble título nacional, Aitor no pasó al profesionalismo hasta mayo de 1998 y con un equipo colombiano, el Avianca, filial del Kelme, pero sólo le llamaron para disputar tres carreras en España. En 1999 pasó al Kelme y a finales del 2000 Vicente Belda le advirtió que no le iba a renovar el contrato. Aitor espabiló y ganó dos carreras, una etapa de la Vuelta al Algarve (Portugal) y otra en el Tour de Limousin (Francia).
"Siempre estaba con la bicicleta", dice su madre. "Una vez le compramos un balón y ese mismo día se lo regaló a sus amigos. Esa es otra de las facetas de su personalidad: es muy generoso".
