Primera | Real Madrid 4 - Osasuna 1

Matador Helguera

El central marcó dos golazos, el primero de tacón - Guti volvió a ver puerta - Osasuna jugó fuerte y bien

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En este Real Madrid sucede que nunca se sabe dónde está la sorpresa del roscón. El Osasuna fue víctima de un equipo cargado de recursos, imprevisible y machacón. No le bastó con presionar, amedrentar, tocar y hasta marcar un gol en el Bernabéu. Para derrumbar al rodillo blanco hay que hacer todo eso y mucho más. De lo contrario algún jugador blanco, sin determinar, aparece y te clava el puñal cuando más feliz eres. En Roma fue Guti; ayer fue Helguera quien se apuntó dos dianas. No hay forma legal de maniatar a este equipo en el que lo mismo revienta la red un delantero que un central. Y todo esto sin Zidane y sin Ronaldo. Ya lo hemos dicho antes y lo repetimos: nadie sabe dónde estará el límite cuando la nave alcance velocidad de crucero.

Creo que Osasuna jugó bien. Incluso muy bien. El Vasco Aguirre exprimió a sus hombres al máximo, poniéndoles al borde del reglamento. No les faltó apenas nada, alcanzando momentos de alta expresión en algunas ráfagas del choque, obligando a Casillas a un lucimiento inesperado. Los rojillos fueron encontrando cancha en los primeros diez minutos al ver cojear al Madrid en su zona de transición (por la ausencia de Zidane, digamos) y hasta quisieron esconder el balón con la buena gestión de Gancedo, Rivero y Pablo García, con punta de lanza en el escurridizo Rosado.

Diez minutos, ni uno más, duró la fantasía osasunista. El estacazo llegó por la vía del central. En este Madrid todo es así de eléctrico. De pronto aparece el inconmensurable Cambiasso, mete una diagonal soberbia al área y nadie puede explicar qué hace allí Helguera para desviar el balón de tacón hacia la red. Lujazo. Un lance digno de la espectacularidad por la que el aficionado paga una entrada en el Bernabéu. A todos se nos fue la memoria a aquél gol de Di Stéfano en el 54 al portero rojiblanco Menéndez. Ayer fue Unzué quien sintió la impotencia de saberse burlado por una genialidad.

A Osasuna se le quedó muy mala cara. Y tenía razones. Había jugado prácticamente a tope y se iba al descanso con un par de banderillas negras. Salió espoleado en la segunda parte y en el primer minuto Casillas salvó el empate a pies de Rosado. La bestia blanca despertó y dio dos coletazos de suficiencia letales. Esta es la grandeza del Madrid, la gota ácida que le convierte en un equipo venenoso: ¡En un minuto fabricó dos goles!

En un minuto.

No venían haciendo los blancos un fútbol sabroso, sino más bien trabado y revuelto. Pero así es Guti, así es Figo y así es Raúl. En el minuto 50 dio el golpe el Emperador de Roma con un zurdazo seco y preciso; en el 51, Figo se fue hasta la cocina y tocó con pincel de acuarela a Raúl para empujar a la red. ¿Quién puede responder a esta superioridad?

Lo que a unos les cuesta un mundo, a otros les parece sencillo de hacer. Por eso este Madrid es distinto, tiene un plus mortal cuando se habla del gol. No obstante fue muy meritoria la voluntad de Osasuna por pelear sin rendición. Siguió haciendo su guerra, digna guerra, desde la bravura y el buen criterio. Intentó envolver a Cambiasso, corazón de este monstruo blanco, y buscó fórmulas para superar a los gigantones Hierro-Helguera, fabulosa pareja de baile. Y encontró la clave engañando a la mente más plana que había sobre el césped: al mal árbitro Téllez Sánchez.

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Ya desde el principio el trencilla dejó huellas de su despiste, pero bordeó el desastre al entrar al trapo del piscinazo de Rosado ante Casillas. Penalti y gol de Rivero. Como balance y premio a la constancia, el Osasuna merecía este mordisquito.

La noche tenía un ganador, pero Del Bosque fomentó el morbo en el tirón final dando minutos a Morientes. Otro examen, otra vuelta de tuerca para que no abandone el club. El Moro marcó, claro, pero se lo anularon acertadamente. Y es que estaba escrito que era el día de Helguera, el ariete rondón. Otra vez él, con su decisión y su tendencia a no olvidar que fue un mediocentro goleador, apareció para clavar el estoque.

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