Se cruzó un asno
Lombardi, lanzador de Cipollini, ganó al sprint a un grupo de escapados. Las opciones de los españoles se esfumaron por la actitud de Caucchioli, que se negó a dar relevos.
En esta vida se puede ser malvado y no pasa nada; hay muchos y algunos de ellos son incluso fascinantes, pues al malo se le presupone una cierta inteligencia aunque sea perversa. En esta vida también se puede ser tonto y tampoco pasa nada, porque también hay muchos y algunos de ellos son incluso fascinantes, porque al tonto se le presupone una cierta inocencia, aunque sea infantil. Lo que no se debería ser en esta vida es malo y tonto, porque de esta combinación resulta un mutante que tiene la grasa del jamón y el gusano de la manzana. Hoy hablaremos de Pietro Caucchioli.
Todo comenzó como aquellos chistes en los que se reúnen un español, un francés, un alemán y un americano y al final todos demuestran su estulticia menos el nuestro, que se lleva la chica o se come los huevos fritos, que a veces somos de fácil conformar. Bien, pues en este caso se fraguó una escapada de 16 ciclistas en la que ocho eran italianos. Sólo había tres españoles. Y un portugués. Y también un tipo que se llama Fofonov, imaginen.
El caso es que la fuga, que se deslizó en el kilómetro 20, comenzó pronto a navegar a todo trapo, quizá porque Belda tiene los tanques pasando la ITV, que mañana hay maniobras.
Y, como decíamos, allí iban metiditos tres de los nuestros: Santi Blanco (que está de vuelta), Óscar Laguna (que está de ida) y el prometedor, alentador e ilusionante Óscar Pereiro (que está de ida y Vuelta). Bien, pues ellos, junto a Sousa y Bruylandts, se colaron en el corte que se provocó en cabeza y que dejó atrás a todos los italianos menos a uno: Caucchioli, tercero en el último Giro.
Al verse capaces de llegar a la meta, todos comenzaron a relevarse; todos, menos Caucchioli. Si este peculiar personaje se hubiera negado a tirar para reservar fuerzas y jugársela luego a sus compañeros sería simplemente malo, un pícaro si quieren. Pero su actitud provocaba al tiempo que el sexteto fuera cazado por el ejército de Garibaldi, dirigido por Lombardi, afamado sprinter y último lanzador de Cipollini.
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Cuando los de atrás enlazaron, Caucchioli pasó de tener muchas posibilidades de ganar la etapa a no tener ninguna. Y entonces comenzó a tirar. Hasta que se formó otro corte en el que se metieron el susodicho, Velo, Bossoni y Lombardi, todos italianos. Y ya totalmente zambullido en la estupidez, en lugar de guardar energías, Caucchioli se puso a relevar.
El mundo de la justicia, allí donde habitan los superhéroes y Garzón, se conjuró para que las fuerzas del bien salieran triunfantes: Lombardi ganó la etapa. Preguntado Caucchioli por su actitud, primero admitió un acuerdo con su amigo Lombardi (¿para perder?) y luego dijo que le daba miedo el modesto Laguna, al que tampoco relevó en una escapada en la Volta. Qué complejo es el cerebro humano. Incluso el animal.