Urdangarín tiene razón
Urdangarín dijo en su día que no podía entender cómo el balonmano ocupaba un puesto secundario entre los gustos del aficionado español. Veladamente culpaba a la Federación Española de Balonmano de no saber explotar una de las décadas más prodigiosas que haya vivido deporte alguno. Y no le faltaba razón. Desde 1993 van ocho Copas de Europa, siete Recopas, cinco Supercopas y cuatro Copas IHF. Si la excusa es que los clubes no enganchan tanto como la Selección, ésta ha conquistado dos medallas olímpicas, además de dos de plata y una de bronce en los Europeos.
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Coge este palmarés el baloncesto y revienta las audiencias en el Mundial, que llegaron a los tres millones. Claro, es que estaba Gasol. Pero el balonmano tenía al yerno del Rey, tan bueno como Gasol en su deporte y, desde luego, no menos popular. Y, además, a los mejores jugadores del mundo; el último, Richardson, un Jordan del balonmano. O sea, que algo falla. Pudiera ser que al público no le gusta y prefiere el baloncesto aunque tenga menos victorias, lo cual sí sería extraño porque las audiencias guardan un gran paralelismo con los resultados. Si se gana se ve y si se pierde se cambia de cadena.
Pero este axioma no funciona con el balonmano. Tiene sus fieles y punto. Era de lo que se quejaba Urdangarín. Falla la estructura, quizá el sistema de competición, que hace de este deporte un galimatías. Hoy comienza la Liga. Son 30 jornadas, pero sólo 16 se jugarán completas el fin de semana. Las 14 restantes serán intermitentes, porque los mejores equipos tendrán que atender a las competiciones europeas e irán dejando sus partidos de Liga para los miércoles. Y el 21 de diciembre, parón de 48 días para jugar la Copa Asobal y el Mundial. Desde luego esto no son facilidades para crear afición.
