Ciclismo | Vuelta a España

A Dios rogando

Cipollini ganó su segunda etapa consecutiva tras un magnífico sprint. Su equipo le dejó el triunfo en bandeja. Gadeo, héroe sin premio. Hoy comienza la montaña

<b>EL SECRETO.</B> Mario Cipollini mostró ayer el rosario que esconde bajo el maillot.
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Sorpresa. Debajo del maillot de Cipollini cuelga un rosario. No hay tatuajes ni argollas de oro. Ni siquiera pecho lobo. Un rosario. Esto es como si debajo de la camiseta de Kournikova el intrépido explorador encontrara un escapulario o una falange incorrupta de Santa Brígida. Primero, conmoción brutal; luego total desconsuelo.

Mario Cipollini, Apolo desafiante que un día instaló en su manillar una foto de Pamela Anderson, es un hombre devoto y espiritual, que lo cortés no quita lo macarra. Además del rosario, regalo de la tía de su compañero Scirea, siempre le acompaña una estampita del Beato Padre Pío.

"El Padre Pío fue un fraile extraordinario, un santo, un ejemplo de honestidad y sacrificio. Suelo leer sus libros", explicó un día Cipollini. Sobrecogido por estas declaraciones, admito que me sumergí entonces en la biografía del capuchino esperando encontrar una vida licenciosa que quizá al final de su existencia se tornó en dedicación a los demás, no sólo a las demás.

Pues no, el Padre Pío era un santo. Y desde pequeñito. Almohada de piedra, apariciones divinas y estigmas. No encontré ningún parecido con Cipollini, salvo sus frecuentes momentos de éxtasis.

Por cierto, ayer ganó nuestro héroe místico, no sé si lo dije, pero visto el rosario, la estampita y una cruz que le regaló Diamantina, su pitonisa de cabecera, extraña que no ganara escapado. También hay que reconocer que Cipollini tiene un equipo divino que ayer lanzó un sprint perfecto, con relevos salvajes que son volatas en miniatura y que siempre culmina Scirea (38 años), campeón del mundo contrarreloj en 1987. No quiero ni pensar qué haría Freire con esa compañía. De momento, sin ellos, se encoge.

Como suele ocurrir, y aunque Cipollini (179 victorias en su carrera) se llevó los besos y las flores, hubo otro héroe, Darío Gadeo, ciclista del Jazztel Costa de Almería, un torerillo de Miguel Moreno, Milana Bonita.

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Me recuerda Bermejo (128 megas de memoria RAM) que Gadeo, que estudia tercero de derecho, sufrió un accidente en la Vuelta a Castellón de aficionados que estuvo a punto de costarle la vida. Tras una pequeña caída, se acercó al coche de los médicos y allí, en lugar de agarrarle por el sillín le cogieron del manillar, que se torció, y le provocó una caída mucho más grave. Le tuvieron que extirpar el bazo en una operación de urgencia.

Ayer se escapó en el kilómetro tres y le cazaron en el 136, a 13 de meta. Pero ganó la batalla de la televisión, de la fama durante 60 minutos, del pedazo de gloria, del maillot en la tele, Costa de Almería en Almería. El ciclista puro, eterno sufriente, es como el jugador de cartas del viejo chiste, ese que decía que le gustaba jugar al póker y perder. ¿Y ganar?, le preguntaban. Ganar debe ser la leche, respondía. Porque ganar, lo que se dice ganar, aquí casi siempre gana Cipollini. Pero les diré algo: así cualquiera.

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