Deliciosa exhibición
Fabuloso partido del Real Madrid. Cambiasso y Zidane, sublimes. Ovaciones para Ronaldo y Morientes.

Sólo hay dos posibilidades de ganar al Real Madrid, y descarto las colas de conejo y las plegarias a San Ermegucio Pastor. La primera es someterle a una presión furiosa. Así le haces daño, sin duda. Digamos que bloqueas sus tuberías, imagen que en el caso de Makelele debe ser bastante acertada, dicen.
La segunda forma de ganar al Madrid es que el Madrid se derrote a sí mismo y esto al final tiene bastante que ver con las colas de conejo, porque es difícil contener a tantos genios tanto tiempo.
Hay que admitir que el Madrid sólo acepta partidos a ritmo de récord del mundo cuando hay algo importante en juego. De otro modo espera. En ese intervalo (mínimo en el Bernabéu, mayor fuera) el equipo es vulnerable. Y lo fue ante el Espanyol, que salió supervitaminado y mineralizado, robó una docena de balones y tuvo un par de oportunidades medio claras.
La cosa duró 20 minutos, el tiempo que tardó el Espanyol en bajar el ritmo y el Madrid en ponerse la capa. Entonces, Zidane y Cambiasso comenzaron a jugar, y lo digo en el sentido más lúdico del término. Han bastado un par de encuentros para que los dos formen eso que los modernos llaman una sociedad. Se entienden y se buscan, se gustan y se lanzan sutiles desafíos en forma de taconazos, a ver si tú haces esto.
No, yo no vi jugar a Di Stéfano y compañía pero imagino un fútbol muy parecido basado en pellizcos y complicidades, divertido, exhibicionista, dedicado al público. Es probable que esté pecando, la juventud es insolente, pero el Bernabéu llevaba mucho tiempo esperando algo parecido, alejado por completo del oficinismo.
Un ejemplo: después de media hora el acoso del Madrid era un completo asedio en el que atacaban con descaro hasta cinco futbolistas (no era mentira lo que nos contaban de los viejos tiempos). En una de esas llegó el gol de Helguera, un cabezazo occipital tras un córner lanzado al primer palo por Figo.
Si algo quedaba a esas alturas del Espanyol terminó de evaporarse. Porque imagino que allí abajo, envuelto por toda esa concentración de renacentistas, debe ser imposible no disfrutar secretamente de la tortura (y más el Espanyol).
Volveré a Cambiasso y Zidane, no puedo evitarlo, porque según repaso el partido me encuentro mil veces con ellos, enseñando el balón por un lado y facturándolo por otro, siempre hacia el lugar adecuado. Zidane es mucho mejor que el año pasado y eso ya es infinito. Y Cambiasso, prodigios de la naturaleza, ha conseguido ponerse a su altura.
La segunda parte fue más bien el segundo acto. Y sucedió que en pleno éxtasis Guti cabeceó una vez al larguero y falló dos clarísimas ocasiones solo ante el portero. Hubo revuelo en la gradas, porque Ronaldo estaba en el palco y Morientes en el banquillo y realmente hay un amplio sector del Bernabéu al que no sé cuál de las dos cosas le provoca más excitación. También falló Raúl, todo hay que decirlo, una de esas que nunca falla Raúl. No está bien, pero ya volverá, siempre lo hace.
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Para que el asunto quedara todavía más bonito, el Espanyol dio un zarpazo, un tiro a la escuadra de Roger, pero eso agitó todavía más al Madrid e incluso a Del Bosque, el padre Vicente, que se puso a repartir los aplausos del público; cambió a Guti y sacó a Morientes, que entró ovacionadísimo (ya puede corresponder). Luego dio paso a McManaman y Solari, dos de los hijos favoritos del Bernabéu, porque transmiten una imagen educada y simpática muy del gusto del aficionado, harto de tantas caras de póker y de tanta estrella cabreada y sufriente.
McManaman fue precisamente el que terminó de redondear la faena con uno de sus goles, esos que le vienen medio marcados. Fue la apoteosis, el inglés dando brincos, exultante, todos felices, qué bonita es la vida y Ronaldo en el palco, que ya queda bien allí sentado, no quiero ni pensar la que puede armar el muchacho cuando salte al campo y se haga amigo de todos estos chicos que juegan, por fin, como si estuvieran en el recreo.