El golf es único
Es curioso lo que sucede en el golf: es el único deporte en el que la victoria es impredecible. Se juntan los mejores jugadores del mundo y puede ganar el peor de todos ellos. Lo vimos en el PGA ganado por Beem, un texano que, cansado de no ganar al golf, se dedicó a vender teléfonos móviles y radios para coches. Lo vimos en el NEC Invitational, donde ni a Woods ni a Sergio García se les vio el pelo. Por cierto, Woods y García son dos jugadores a los que tenemos como dos fenómenos. Pues Woods no gana ni la mitad de los torneos que juega y de García ni nos acordamos la última vez que ganó un torneo.
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Y es que el golf es así de singular. Quizá tan difícil de jugar, que ganar dos veces seguidas resulta una quimera; quizá tan sencillo, que si un ex vendedor de móviles se pone a entrenarse como un poseso puede ganar incluso a quienes jueguen como los ángeles. Por eso quizá el único secreto radique en ver quién pega más golpes. Woods lo lleva haciendo desde los cuatro años y se ha convertido en un ser supremo. Pero si hay en algún lugar del mundo un tipo, no importa si regordete o cuarentón, que tenga conocimientos del golf y más tiempo que nadie para pegar bolazos, que tiemble el mismísimo Woods.
Concentración y dedicación. Con esas armas se puede llegar muy lejos en el golf. Está el caso de la estadounidense Michelle Wie, que como no hace otra cosa más que buscar la perfección en el golf, ha acabado entrando con 12 años en el circuito profesional. Así de generoso es este deporte, que admite un amplísimo abanico de jugadores, sin necesidad de que respondan al arquetipo de gente escurrida y seca al que nos tiene acostumbrado el deporte de élite. Aquí tipos de aspecto campechano y despreocupado como Beem y Parry son capaces de ganar al más pintado. Ahora, eso sí, entrenándose como posesos.
