Homenaje a un mito | La vida de Puskas (2)

Aquí le llamaron Cañoncito-Pum

Nadie fichaba a tipos gordos que sobrepasaban la treintena. Menos Santiago Bernabéu, que influenciado por el secretario técnico del club, Emil Ostreicher, se decidió a ficharlo. El Madrid consiguió la documentación necesaria para nacionalizarle,y el 11 de agosto de 1958 ya era jugador blanco. Con dieciocho kilogramos de más se presentó al primer entrenamiento y sus compañeros y Carniglia se quedaron perplejos por su gordura... Hasta que le vieron golpear la pelota por primera vez.

<b>MUJER E HIJA</b>. Con su mujer Ersebeth y su hija Aniko.
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Le cortaron las piernas. La política seguida por las autoridades húngaras no aceptó la deserción de Puskas y la FIFA decidió sancionarle con dos años de inhabilitación, que luego dejaría en año y medio. La decisión de no regresar a su Hungría natal no fue nada fácil. En Budapest se quedaban su mujer Ersebeth, su hija Aniko, su madre y su hermana. Para entonces, el padre, que tanto había significado para él, había fallecido. Los primeros meses de su sanción los dedicó a mover todos los hilos que pudo para poder reunirse con su mujer y su hija. Se dejó la piel por ellas y se vio recompensado cuando por fin se pudo reunir con ellas en Viena. En la capital austriaca se estableció durante un tiempo. Frecuentaba un bar llamado Muncheneroh y allí, con una cerveza en la mano, explicaba el fútbol e intentaba ayudar a todo aquel que lo necesitaba. También destripó el juego desde los diarios y las revistas que demandaban su sapiencia futbolística.

Entre la duda razonable de si un día volvería a jugar y la necesidad, Puskas optó por marcharse a vivir a La Riviera italiana. Allí disputaba amistosos para recaudar dinero, pero su torso comenzaba a adquirir una voluminosidad prominente. Parecía destinado a un retiro prematuro. Cuando el castigo concluyera tendría 31 años, y nadie fichaba a tipos gordos que sobrepasaban la treintena. Menos Santiago Bernabéu, que influenciado por el secretario técnico del club, Emil Ostreicher, se decidió a ficharlo. El Madrid consiguió la documentación necesaria para nacionalizarle y el 11 de agosto de 1958, cuatro días antes de que se cumpliera la sanción, firmó como nuevo jugador blanco.

Un diálogo por señas.

Antes de firmar su contrato, Puskas se vio cara a cara con Bernabéu. Aún no dominaba el idioma pero se entendieron: "Don Santiago me hizo gestos que entendí perfectamente. Señalando mi barriga, me dijo que debía rebajarla". Los dos años de sanción le habían dejado una carga de dieciocho kilos y le habían dado de sí el perfil. Su fisonomía invitaba al escepticismo y a la incredulidad de Luis Carniglia, por entonces técnico del primer equipo blanco: "Qué voy a hacer yo con este hombre, con esa barriga que tiene. Para eso salgo yo a jugar". Aquellas palabras se las dijo a Bernabéu y a Calderón, que le respondieron con contundencia: "Ponlo a punto". Esas frases despectivas también las pronunció Carniglia en el vestuario, que como su entrenador, se quedó perplejo cuando descubrió su silueta. "Nos quedamos extrañados cuando le vimos. Sabíamos que había sido un gran jugador en el Honved, hacía tiempo que no jugaba y tenía mucha barriga. Teníamos dudas...hasta que empezó a pegarle a la pelota. Se puso en forma y luego hizo lo que hizo. Ha sido el único jugador al que yo me he quedado a ver tras los entrenamientos. Era un espectáculo su golpeo del balón, milimétrico, seco y potente. Cuando yo le entregaba la pelota y él estaba en el área, me daba la vuelta y empezaba a correr hacia el centro del campo. Casi siempre convertía mis pases en gol", recuerda su compañero y pareja de banda Francisco Gento. El propio Di Stéfano exclamó al final de su primer entrenamiento: "¡Controla mejor la pelota con la izquierda que yo con la mano!".

El cañón que asoló Europa.

El castigador sol de Madrid en agosto fue testigo del intenso trabajo al que se sometió para rebajar el sobrepeso: "Perdí dos kilos más de los que me habían recomendado a fuerza de darme unos tutes tremendos durante horas, hasta el punto que José Morales, que me ayudaba a prepararme, arrojaba muchos días la toalla porque se agotaba". La misma ilusión que puso cuando perseguía tranvías por Budapest para mejorar su velocidad, la puso para intentar renacer como futbolista.

Con una figura ya más estilizada, Puskas jugó su primer partido vestido de blanco el 15 de agosto de 1958, durante una gira por por Suramérica, justo el día que se cumplía su sanción. El rival fue el River Plate y el Madrid salió vencedor (1-0). Pocos días más tarde, ante el San Lorenzo (3-2), marcó su primer gol. Su leyenda comenzaba a despertar del letargo de quince meses en los que su talento fue castrado. Su pierna izquierda volvía a recobrar tacto y sensibilidad. Chamartín, que también sospechaba de él, le vio debutar en competición oficial ante el Sporting un 29 de septiembre de 1958. Hizo dos goles y probablemente Bernabéu esbozara una sonrisa de autosatisfacción. De nuevo, había dado en el clavo al contratar a un tipo que de lo que menos aspecto tenía era de ser un jugador de fútbol.

Puskas se adaptó a un equipo que ya había ganado tres Copas de Europa y el equipo a él. Su presencia en el once desplazó a Rial a la derecha y el se puso a la vera de Gento. Kopa, Rial, Di Stéfano, Puskas y Gento, se recitaba de carrerilla en España y en todo el continente. Si con el Honved y Hungría se hizo con un hueco en la historia, con el Madrid lo ensanchó aún más. El 18 de mayo de 1960 aún lo recuerdan en Glasgow. Taxistas y camareros de la época aún retienen en la memoria lo que le hizo aquel día al Eintracht de Frankfurt y, cuando un español se cruza en su camino, suelen rememorarlo. La calificada como mejor final de la historia, deparó un 7-3 que le dio la quinta Copa de Europa al Madrid. Puskas marcó cuatro goles en la final, un registro que nadie ha conseguido igualar. Di Stéfano hizo los otros tres tantos de aquel festival memorable.

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Gol a Madinabeytia.

Quizá el gol que mejor defina el apodo de Cañoncito-Pum que se le asignó en España fue uno que le hizo al portero argentino del Atlético, Madinabeytia, en el Bernabéu el 8 de enero de 1961 (3-1). Una falta a diez metros del área y muy pegada a la banda izquierda consiguió clavarla en la escuadra derecha, según su ángulo de visión. El árbitro lo anuló porque estaba de espaldas y le mandó repetirlo. Puskas asoció de nuevo precisión y potencia y el balón entró por el mismo sitio. Madinabeytia contó el gol en Argentina a los míticos Pontoni y Pedernera y no se lo creían. El 26 de mayo de 1969 recibió su homenaje ante el Rapid de Viena (4-2). Atrás quedaban 261 partidos con 231 goles, tres Copas de Europa, cinco Ligas, una Copa y una Copa Intercontinental. Puskas dejaba una leyenda construida con números y hechos.

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