Glory se doctoró en Zúrich
Nuestros campeones pasaron ayer por la cátedra que cada año examina a los atletas que acuden con sus medallas colgadas al cuello. La prueba es terrible. Allí esperan rivales que se acreditan como los mejores del mundo, porque la Weltklasse de Zúrich no se anda con chiquitas a la hora de las contrataciones. Su nivel supera incluso al de los Juegos Olímpicos pues no tiene en cuenta el cupo de tres atletas por país y prueba. Si en 5.000 metros los once corredores más rápidos del mundo son kenianos, pues peor para sus rivales. Que consideren un honor el sólo hecho de compartir carrera con ellos.
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Todas las distancias de 800 metros para arriba se corren, además, a ritmo de récord del mundo. La organización pone unas liebres y que las siga quien pueda. Ahí no hay más táctica que la de correr como un poseso. Y eso son palabras mayores cuando hay atletas kenianos o marroquíes sobre la pista. Reyes Estévez intentó seguir a El Guerruj y acabó fundido. Ríos, Chema Martínez y Alberto García vieron a los africanos cómo se ponían a correr como diablos y tuvieron que organizar por detrás una carrera para ver qué blanco quedaba el primero. Como Penti y Martín en obstáculos.
Marta Domínguez, en cambio, tenía menor oposición y no acabó la carrera. Coartada: el lunes, regreso de Múnich, que se hizo eterno por los retrasos; el martes, homenaje en Palencia; el jueves, viaje a Zúrich; ayer, carrera... o media, porque abandonó. Glory Alozie, en cambio, se doctoró en la catedral. Fue la única campeona que revalorizó su victoria en los Europeos. Enfrente tenía a Gail Devers, una eminencia cuando de vallas se habla y nada menos que aspirante a ganar la Golden League. Acabó con ella de un plumazo. Y atención: quien gana en la Weltklasse se queda sin rivales en el mundo.
