"Había que tener la sangre muy fría "
Fermín Cacho ganó por sorpresa el oro de 1.500 en una carrera de trepidante final, en la que el argelino Morceli, el campeón del mundo, sólo pudo ser séptimo. El éxito del soriano no fue flor de un día, porque luego encadenó muchos más. Aunque ahora se recupera de una encefalitis, sigue en activo. Posee un hotel, dos tiendas de deporte en Soria y negocios agrícolas en Andújar, el pueblo de su esposa, Susana. Tiene dos hijas, Macarena y Patricia.
¿Qué pensó cuando saltó al estadio de Montjuïc, repleto de un público que gritaba "¡Fermín, Fermín!"
Que había que tener la sangre fría y no dejarse llevar por el entusiasmo. Que el público no me empujase demasiado. El que corría era yo y había que tener la cabeza en su sitio, aunque la verdad es que se me puso la piel de gallina. Mi entrenador, Enrique Pascual, me había advertido de los peligros de dejarme llevar por el corazón.
De hecho ganó su oro en 1.500 metros en una carrera muy lenta al principio, pero vertiginosa al final. ¿Se esperaba algo así?
No, pero estaba preparado para cualquier cosa. Enrique y yo pensábamos que el hombre a marcar era Morceli, el campeón mundial, y que había que situarse detrás de él, aguantar sus tirones e intentar batirle al final. Sin embargo, Morceli se quedó atrás, yo iba por delante y todo marchaba del revés. Había que improvisar y yo supe hacerlo.
Morceli siguió sin atacar y a falta de 200 metros usted se coló por dentro, pasó al keniano Joseph Chesire, que iba en cabeza, y venció en un final trepidante. ¿Qué sintió?
Una inmensa alegría, sobre todo por mis padres, que estaban a pie de pista, muy emocionados, y por mi entrenador. Yo me encontraba muy seguro de mí mismo y esa misma mañana, en el calentamiento que hice en la Villa Olímpica, le dije a Pascual que para ganarme había que correr en 50 segundos la última vuelta, porque yo era capaz de hacerlo.
¿Qué es lo que más le emocionó?
Pues el hecho de que me recibiese la Familia Real en el palco del estadio, poco después de la carrera. Me pareció un detalle muy bonito. Cuando me dijeron que el Rey quería hablar conmigo me puse tan nervioso como cuando iba a correr. No sabía como dirigirme a él, ni qué hacer...
¿Y qué sucedió?
Pues que me estrechó la mano y luego me dio un abrazo. Se portó de forma muy campechana. Me preguntó que cómo se me había ocurrido pasar por dentro para ganar en los últimos 200 metros y le contesté que ese era el único hueco que había, pero que estaba tan fuerte que si había que pasar por fuera, también habría pasado. Luego la Reina y las infantas Elena y Cristina me dieron dos besos y el Príncipe me saludó y me dio también la enhorabuena. Fue un momento muy especial para mí.
¿Cómo festejó la medalla de oro?
Estuve cenando con mis padres a las tantas en un self-service que era de lo poco que había abierto en Barcelona y llegué a la Villa Olímpica a eso de las cuatro de la mañana.
Hubo quien auguró que lo suyo era flor de un día, una casualidad.
Ya lo sé, pero luego he sido dos veces subcampeón mundial, otra vez subcampeón olímpico y campeón y recordman de Europa. Después de ser campeón olímpico casi me olvidé de aquello. Se trataba de preparar las siguientes competiciones, porque esto no para. Lo que importaba era el futuro y poder demostrar que no había sonado la flauta.
Este verano ha sufrido una encefalitis. ¿Qué tal se encuentra?
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Me estoy recuperando muy bien. Lo primero es la salud y luego ya veremos qué pasa. En estos casos te das cuenta de que lo más importante es la familia, y no las medallas, aunque sean olímpicas. Lo que más me importa es estar al lado de mi mujer y ver crecer a mis hijas.
