La vida de Ronaldo | Capítulo 2

Y llegó el Cruzeiro

El esfuerzo que Ronaldo realizó, cuando no tenía dinero ni para desplazarse en tren para jugar los partidos con el San Cristovao, se vio recompensado pronto cuando el Cruzeiro quiso ficharle en diciembre de 1992. Ya estaba inmerso en una carrera meteórica que le llevó a Europa.

<b>SUPERÓ LAS PENURIAS ECONÓMICAS.</b> Ronaldo compaginó sus inicios en el San Cristovao con el equipo de fútbol sala del Social Ramos. Para desplazarse de una sede a otra, se colaba en el tren. Poco después, personas influyentes de Río se fijaron en él. En poco tiempo, el Cruceiro le dio la oportunidad de hacerse conocido.
Julio Maldonado
Importado de Hercules
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Ayer dejábamos a Ronaldo en su etapa de fútbol sala, en el modesto Club Social Ramos. Allí estaría hasta 1992, y marcaría 166 goles. En su primer año hizo 84, una cifra inimaginable en aquellos tiempos. En el campeonato juvenil carioca de 1991 marcó 65, lo que asombró a todos y empezó a mover su nombre. Sólo dos años después ya fue al mundial de Estados Unidos con Brasil. Porque en la carrera de Ronaldo todo ha sido rapidísimo. La separación de sus padres Nelio y Sonia cuando tenía solo trece años la había asimilado gracias al fútbol. Entre 1990 y 1992 compartía el fútbol sala con el fútbol grande en el San Cristovao, pero tenía un problema. Entre la sede del Social Ramos y el campo de entrenamiento del San Cristovao había una gran distancia que cubrir en tren, y Ronaldo se las tenía que ingeniar para colarse sin pagar. Tenía que bajarse con el tren en marcha justo cuando arrancaba. Un entrenamiento suplementario día a día, que quién sabe si le sirvió para ganar en flexibilidad.

Cuentan que un día, después de la partida matinal con el San Cristovao, ni siquiera el tren le impidió llegar con retraso al partido con el Social Ramos. Faltaban dos minutos y su equipo perdía por la mínima cuando apareció. Salió, marcó dos goles en los últimos treinta segundos del partido y su equipo ganó 11-10 al Clube Municipal. En aquellos tiempos marcaba la diferencia con el resto y soñaba con jugar en el Flamengo.

El Fluminense lo desechó al no querer darle las botas nuevas que pedía el jugador, así que los grandes tenían que esperar. Poco después y con sus partidazos en el San Cristovao, su actual representante, Alexander Martins, había comprado su pase por poco más de siete mil dólares. En el San Cristovao empezó a coquetear con el fútbol de verdad. Entró el 27 de julio de 1990, y la federación carioca le inscribió con el número 93003.

En el ojo del huracán

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Ya le habían puesto el ojo varios hombres influyentes. Uno, Alfredo Sampaio, entonces presidente del sindicato de futbolistas profesionales de Río. Había sido técnico de los juveniles del San Cristovao cuando Ronaldo jugaba en infantiles. Otro, el gran Jairzinho, único campeón del mundo en marcar en cada partido de un mundial. Ya su éxito era evidente, y empezaron a interesarse por él importantes equipos de Brasil.

Entonces, estaba muy unido con Ary Ferreira, dirigente del San Cristovao que le apoyó sin descanso. Alirio Carvalho era su hombre de más confianza en el Ramos. Todos ellos le ayudaron en momentos muy precisos. Con Jairzinho del brazo, Ronaldo ya tanteó a los grandes. Los malos recuerdos de Flamengo y Fluminense pasaron factura, y el Sao Paulo de Santana no se mostró muy interesado. Así que en diciembre de 1992 Ronaldo fichó por el Cruzeiro, 434 kilómetros al sur de Río de Janeiro. Se alejaba de su ciudad natal, de su sueño de Maracaná y el Flamengo. Pero en el Cruzeiro se terminó de hacer adulto, y llegarían pronto los éxitos de club y de selección, el traspaso a Europa y toda su leyenda.

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