Otro deporte extremo
Acostumbrado a seguir el ciclismo masculino, hace un año descubrí en Francia un nuevo deporte extremo: el Tour femenino, que ni siquiera se llama oficialmente así porque sus organizadores no son los hombres de Luc Leblanc, sino una sociedad deportiva que intenta emerger a base del esfuerzo de las ciclistas.
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Ellas suben los terribles puertos de los Alpes donde los culogordos se dejan las minutadas, o donde el mismo Botero se atasca con una pájara descomunal, o donde Igor González se queda sin aliento y ve como se le esfuma el podio que domina Armstrong. Es decir, acaban tan reventadas como los héroes del mes de julio.
Ahora bien, su historia es radicalmente distinta: sin público que las anime en las cunetas, sin llegadas plagadas de cazaautógrafos, sin la consideración que merece su esfuerzo supino, embaladas en viejas y destartaladas furgonetas, su casa para todo, donde se cambian por tiempos para, arropadas, evitarse unas a otras ser carne de mirones, donde se arreglan, donde se asean, y donde se aprietan para hacer más horas de kilómetros, de la meta al hotel, del hotel a la salida, a veces empujando la tartana que humea en las cuestas que, quizá al rato, ellas tendrán que ascender sofocadas en una nueva etapa que apenas tendrá una mínima trascendencia.