El deporte es reflejo de la sociedad
El deporte no es más que el reflejo de la sociedad. Por eso no ha de causarnos colosal estupor la noticia de que algunas pruebas de los Juegos Olímpicos de Salt Lake City pudieran haber estado amañadas por intervención directa de la mafia rusa. El deporte se ha convertido en una actividad más de la sociedad. A nivel competitivo pierde muchas de sus virtudes, entre ellas la principal, que se trata de una actividad sana. Son los propios médicos quienes aseguran que la actividad física en los deportistas de élite no es precisamente una fuente de salud, aunque sólo sea por las lesiones que acarrea.
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El deporte de competición, como actividad plena de intereses pues sus protagonistas son profesionales, no está libre de corrupciones. Y cuando hay tanto en juego, en ocasiones el fin justifica los medios. Por eso el doping es una plaga y por eso existen las trampas. Si ya hablamos de deportes en los que la decisión depende de un juez, los recelos aumentan. La victoria o la derrota es cuestión entonces de tan leve apreciación que ni siquiera los más avezados pueden ponerse de acuerdo. Que si uno ha abierto un grado más el compás o que si la pirueta realizada era de dificultad 10 o 9,99.
A veces no hay que sobornar a los jueces para que sean prevaricadores. Basta una noche de copas, una amistad con el colega de otro país, un simplemente "este tío me cae mal" para que se resten o sumen puntos arbitrariamente. Y si a estas miserias de la condición humana se añade el peso de la mafia rusa, apaga y vámonos. Afortunadamente, la sospecha contra los jueces no está generalizada. De lo contrario, sólo sobreviviría el deporte que tiene como juez único el reloj y el metro. Lo peor del asunto sería que sólo estuviésemos viendo la punta del iceberg, como parece ocurrir con el doping.
