Las medallas no se ganan, se trabajan
En todas las historias siempre hay un día que marca el punto de no retorno para iniciar el despegue. Para el deporte español es el 31 de julio de 1992. Estamos en Barcelona, en la sexta jornada de los Juegos Olímpicos. Miriam Blasco y Daniel Plaza se proclaman campeones olímpicos. Dos de una tacada. El hecho es, además, excepcional, porque hasta entonces jamás una mujer y un atleta españoles habían ganado una medalla de oro. Para entonces, como bien viene recogiendo nuestro serial olímpico, ya llevábamos otros dos oros, de Moreno y Zubero, pero dos en un mismo día era algo inédito.
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La medalla de Miriam Blasco era la recompensa a un trabajo perfectamente planificado. España, como país organizador de los Juegos, tenía derecho a inscribir a una judoka por categoría. Miriam Blasco fue la elegida para la categoría de los 56 kilos. Tres años antes había ganado la medalla de bronce en los Mundiales. A partir de ese momento comenzó a preparar los Juegos sin la presión de tener que clasificarse para ellos. Dos meses antes de que comiencen, Sergio Cardell, su entrenador, fallece en un accidente. Miriam se derrumba. Sólo su voluntad de ganar una medalla en su memoria le hace seguir adelante.
El oro de Plaza también es un ejemplo de voluntad. Estaba celoso de que todos los periodistas volcásemos la atención sobre Massana, el gran favorito. Contrató a un sofrólogo para soportar el via crucis hacia la victoria. Y ganó al margen de que a Massana le descalificaran. Miriam y Plaza apostaron por la victoria sin el menor complejo de inferioridad. Ese día mostraron el camino. Ya éramos tan altos, rubios y guapos como los extranjeros. Diez años después, seguimos así. Lo vimos ayer. Meter en el podio a un equipo de relevos supone la excelencia en la natación. Hemos cambiado la genialidad por el trabajo.
