Continuará
Lance Armstrong se coronó en los Campos Elíseos de París como tetracampeón del Tour, escoltado por Joseba Beloki y Raimondas Rumsas.
Esto es como el final de Verano Azul, la misma desolación, el precipicio de tantas horas por rellenar, que ya se ha terminado el Tour, que Bea se ha hecho mujer, que hay que esperar otro año, otro verano, otro Tour, que con Indurain no se moría Chanquete.
Por todo lo que tiene el Tour de existencia en miniatura, no es raro que Armstrong vea en él un reflejo de su propia vida, rutilante al principio y luego llena de montañas, de tumbas abiertas y de luchas contra el tiempo que pudieron no acabar en ningún sitio y que siempre acaban en París.
De algún modo, esta carrera es el chequeo médico al que se somete cada verano, una forma casi salvaje de ponerlo todo a prueba y comprobar que todavía sabe resolver los problemas que él mismo plantea a su cuerpo.
Armstrong está todavía demasiado cerca para que podamos verlo bien. Pero en estos tiempos en los que los deportistas trascienden el deporte y por lo tanto pedimos de ellos algo más (y nos basta una camiseta a un niño, una sonrisa), Armstrong se convierte en un ejemplo perfecto de superación humana porque este campeón venció al cáncer y además presume de ello.
Porque el americano tiene una curiosa (y saludable) manera de exhibir sus fantasmas y por eso nunca ocultó que fue abandonado por su padre, que su fugaz padrastro le maltrataba y que el cáncer le llegó cuando era un millonario con Porsche y chalecito que se creía poderoso e inmortal. Deportivamente, y aunque moleste, Armstrong también es un signo de los nuevos tiempos. Hay quien le reprocha que limite su temporada al Tour de Francia, pero todo en él está medido para sufrir el mínimo desgaste y correr el Giro o la Vuelta sería empezar a perder el Tour, el único sitio donde merece la pena caer derrotado.
Pero además de rendirse a Armstrong (hoy sí), hay que hablar también de la actuación española, que según cuentan los protagonistas ha debido ser muy buena. Cinco entre los diez primeros repiten unos y otros, pero ni un ápice de gloria, diría yo, ni diez minutos de emoción. Siete días de amarillo, una etapa y general por equipos, todo muy bien. Pero ni nos quedamos con el amarillo, ni hubo un solo ciclista español que ganara una etapa, ni el mejor equipo fue la ONCE sino el US Postal.
Muchos epílogos.
No pretendamos que nos valgan ahora las mismas recompensas que nos servían hace 20 años, antes de que Perico y Arroyo lo pusieran todo patas arriba. Entre los diferentes epílogos de la jornada (ayer hubo muchos), McEwen ganó la etapa y dejó en seis las victorias consecutivas logradas por Zabel en la regularidad, premio al que un día está destinado Freire, aunque le dé una pereza bestial.
Jalabert se despidió del ciclismo subido al podio como Rey de la Montaña por segundo año seguido. Nadie hubiera imaginado un final igual cuando era un joven sprinter del Toshiba.
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Y Olano, que también está de adiós (y por fin feliz), logró como gregario lo que jamás hizo como jefe de filas: subirse al cajón del Tour, aunque sea como ganador de la general por equipos.
Llegados a este punto, en el cine siempre hay alguien que dice "cariño, no me gustan las despedidas" y ella le besa con ardor. El tipo de la gabardina es el Tour; ella somos nosotros. No se entristezcan, siempre vuelve.