El último tiro
Dario Frigo ganó la etapa y Santiago Botero se coló en el cuarto puesto de la general gracias a otra jornada ejemplar. Esta vez todos atacaron a todos

Cuando nadie lo esperaba, cuando tratábamos de encajar con elegancia dos puñetazos, la derrota y el bostezo, de repente, surgió la mejor etapa del Tour, la más competida, justo al final, cuando ya estamos atados a los postes y los indios echan avecrem en la cazuela.
Es difícil saber qué ocurrió, qué cambió para que esta vez atacaran todos, casi al tiempo, que más parecía que los ciclistas querían escapar de alguien (de sus directores, seguramente) que buscar algo: la etapa, la fama, la tele.
Al igual que sucede en el fútbol con los entrenadores, en el ciclismo los buenos directores son aquellos que no se notan y no traspasan, los que permiten, bajo una mínima disciplina, que el deportista se exprese libremente.
Pero todo parece ahora demasiado militar y encorsetado, falta espontaneidad y el ciclista se enreda en luchas administrativas que sólo preocupan a su director y que dan exactamente igual al aficionado, como la clasificación por equipos, el octavo puesto y similares. Cosas que nunca deben ser entendidas como premios en sí mismas, sino como el último consuelo del que tuvo objetivos más altos.
Y el máximo exponente de la falta de naturalidad que vive el ciclismo es el maldito pinganillo. ¿Cómo expresarse cuando tienes al director metido en la oreja vociferando? ¿Se imagina alguien que Del Bosque se comunicara con Raúl a través del pinganillo?: regatea, pasa, chuta, bésate el anillo. Pues eso. Nadie mejor que el ciclista para saber cuándo atacar, para descubrir las debilidades del enemigo.
Y por el pinganillo, las noticias a las en punto y el resto del tiempo el Aserejé o el Ave María cuando serás mía, temas que inviten a moverse.
Y digo todo esto porque ayer dio la sensación de que se atacó porque los directores, por fin, lo permitieron, y ya es triste. El único que se salva es Armstrong, porque en su caso el que lleva el pinganillo es Bruyneel y el que da las órdenes es él.
Pero vayamos a la carrera. Lo del primer puerto fue apoteósico, un tiroteo. Hubo hachazos de todos los colores, desde Heras, hasta Osa pasando por el negro que da las referencias. Una delicia, aunque lo más increíble fue cómo Botero saltó del grupo para capturar a los fugados: iba en moto.
Armstrong, que es muy listo a pesar de ser paisano del Presidente, no permitió una sola fuga semipeligrosa, ayudado, eso sí, por el Rabobank en general y por Boogerd en particular, que los favores se pagan y la familia es la familia.
Así las cosas, se formó un trío inocuo en cabeza: Frigo, Guerini y Aerts. Por detrás seguía la fiesta. Atacaba Mancebo (muy bravo), luego respondía Heras y por fin lo hacía Sastre, que tras mucho esfuerzo consiguió inventarse una escapada intermedia en la que sólo tiraba él y la ONCE ejercía de freno, como suele.
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Fue entonces, en el último puerto, cuando Botero arrancó la motocicleta y se enganchó al grupo de Sastre. El colombiano es, junto a Armstrong, el único ciclista con fuerza del Tour, lástima de fantasmas. Ya es cuarto de la general (y hoy más).
Frigo (otro reinsertado tipo Virenque) ganó la etapa, lo que significa que Sastre se quedará sin premio en este Tour, pese a haberlo merecido. Al menos, por el pinganillo, le dejaron ser valiente, como es él. Cambio y corto.