Nos comimos la herencia del 92
Han comenzado en Barcelona los fastos por el recuerdo de los Juegos del 92. Demasiado breves para todo lo que significaron. Antes del 92 vivíamos de los deportistas que surgían por generación espontánea; en el 92 alcanzamos el cénit con un trabajo planificado hasta el último detalle desde cinco años antes; después del 92, aún vivimos de la herencia que dejaron aquellos Juegos. Sí, somos más altos, guapos y fuertes que antes del 92, pero cada vez menos. El medallero olímpico es un espejo que refleja cómo vamos envejeciendo: 22 medallas en Barcelona 92, 17 en Atlanta 96, 11 en Sydney 00.
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Todo responde a una política de gobierno. El PSOE, que gobernaba por entonces, hizo una colosal apuesta por el deporte a raíz de que nos concedieran los Juegos. Lo primero fue nombrar secretario de Estado para el Deporte a Gómez Navarro, aún a costa de incumplir la norma escrita de que este puesto debía ocuparlo una "persona de reconocido prestigio deportivo". Y Gómez Navarro no lo era. Era un gestor, pero el país se jugaba tanto que no podía poner a cualquiera al frente del deporte cuando había que echar órdago. Faltaban cinco años, pero en ese momento no teníamos ni pares ni juego.
Gómez Navarro jugó las cartas con un único objetivo: había que ganar medallas. Sólo así los Juegos serían un éxito y provocarían la identificación del público con el equipo. Las federaciones se volcaron con sus mejores deportistas, recibieron dinero a cambio de resultados, se construyeron instalaciones y se contrató a los mejores técnicos del mundo. Hubo un plan y una apuesta. Todo lo contrario que el PP, que sustituyó la política de trabajo por la de imagen. En cuatro años nombró otros tantos secretarios de Estado, que se dedicaron en su efímero paso a comerse las rentas. Resultado: a empezar de nuevo.
