Ya no hay duda
Armstrong se escapó en el último puerto, ganó otra etapa y aventajó a Beloki en 1:04. Nadie se atrevió a atacar al líder. Jalabert es el único valiente.
Si no fuera por Jalabert se nos olvidaría que existen los valientes y nos resignaríamos a ver como un pelotón desfila obediente camino del matadero, después de una etapa que debió ser maravillosa y sólo fue.
Ganó Armstrong y nos despejó las dudas a tiros, como suele. Su equipo condujo el rebaño hasta la última cuesta y allí Rubiera y luego Heras y después él. El crimen perfecto, la eterna historia.
Es verdad que nada más comenzar la etapa hubo un conato de escapada múltiple en la que se metieron, entre otros, Sevilla, Santi Blanco y Azevedo. Pero no hubo ni decisión ni ganas; sólo vértigo. Y al final, entre las incertidumbres ajenas, surgieron, como siempre, Jalabert y sus discípulos (Virenque, David Etxebarria...), los últimos románticos.
A mitad de trayecto la situación estaba clara. Por delante: Jalabert, Dufaux y Nozal; por detrás, el pelotón de los sumisos comandado por los nueve US Postal, que parecía un documental de carteros. Y no me digan ahora que llevaban una marcheta infernal porque hasta Zabel (y cien más) llegaron juntitos a las faldas de Plateau de Beille.
La ventaja del trío de cabeza alcanzó los 5:40, a pesar de que Manolo Saiz en una decisión de esas que sólo entiende él ordenó a Nozal que no diera ni un relevo. Y el chaval se moría de la vergüenza, lógicamente. Si esa fuga acumulaba tiempo beneficiaba a los escapados (Nozal lucha por el maillot blanco de mejor joven) y perjudicaba al equipo del líder, que debería trabajar más. Pues no, que no tire. Nada tuvo que ver, seguro, que Jalabert y Dufaux hayan sido de la ONCE.
Y después de cuatro puertos en los que nadie pegó un arreón no fuera a ser que se perdiera un cartero por el camino, se llegó a la última montaña, a ver qué nos hace hoy Armstrong. Y nos hizo lo que nos hará siempre que luchemos con él en la distancia corta sin oponerle un mínimo de locura. Y ya que vamos a terminar como carne picada, por lo menos tengamos una historia que contar al resto de hamburguesas del frigorífico. A no ser que nos importe el podio de los vencidos.
Cuando apenas faltaban siete kilómetros para la meta, se quedaron solos Heras, Beloki y Armstrong. Esta vez atacó el americano, esperando que su teniente le cazara después y ganara la etapa. Pero no fue así porque Beloki no se entregó y Heras entendió que, de persistir, le acabaría marcando el ritmo. Al final, llegaron juntos, a 1:04 del armstronauta.
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Poco después, a 1:11, aparecieron Botero e Igor, los dos magníficos, incluso para otras batallas que no sean desangrarse poco a poco. Sevilla, de los primeros en descolgarse, sólo perdió 2:07 y Mancebo, 3:17.
De los tres escapados, Jalabert fue el último en caer. Le capturaron otra vez a menos de diez kilómetros del final. Estaba muerto. Muchos de los ciclistas que le rebasaban le daban una palmada, un aliento. Renier, al cruzar la meta junto a él, le aplaudió. Y hay quien quiere un podio.