Ciclismo | Tour

Casi Freire

Zabel batió al español, que tuvo que esquivar a un rival en los últimos metros. Igor superó otra jornada, a pesar de los escarceos del Rabobank

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Mucho equipo Mapei, mucha superescuadra multilingüe y polimórfica, pero al final siempre se quedan solos Freire y Horrillo, como Batman y Robin, en el centro del huracán, rodeados de ejércitos centroeuropeos con soldados enormes que no saben lo que es cogerse el bajo de los pantalones.

Y pese a tanta hostilidad, allí están los dos, bailando sobre las brasas, que si chupamos una rueda de aquí, que si nos agachamos y el codazo le pega a otro, y en el último momento no ganó Freire porque se le cruzó un ruso que casi nos lo llevamos puesto.

Zabel fue el vencedor, por fin, por delante del campeón del mundo y de McEwen. Y aunque el alemán luce una candorosa sonrisa en los podios, nada más cruzar la meta se lió a manotazos con las cámaras de televisión, culpables, sin duda, de que se le esté pasando el arroz.

Hay que reconocer que si no fuera por Freire (e Igor) la piel de toro sería un ronquido, porque Leblanc ha diseñado un Tour que en los once primeros días hace más criba de espectadores despiertos que de ciclistas.

Pero sucedieron más cosas en la etapa de ayer. La primera de ellas especialmente suculenta. Cuando todavía no había estallado el zafarrancho de los últimos kilómetros, Igor González de Galdeano se descolgó del pelotón para efectuar una micción (o meada), que el maillot amarillo da alas pero no altera el resto de funciones orgánicas. Bien, pues fue en ese momento cuando se produjo el ataque del equipo Rabobank, mal nombre para controlar ciertos ímpetus.

El código del ciclismo (cada vez con menos páginas) indica en su punto número uno que está prohibido agredir al líder o favorito que por razones de primera necesidad se encuentra (y perdón) a cola de paquete.

La reacción de la ONCE en general y de Armstrong en particular fue de absoluta indignación. Mientras Álvaro González de Galdeano aplaudía irónicamente a los holandeses (que por algo es el hermano mayor), Armstrong llegó como una centella hasta los sublevados, les puso cara de Armstrong y les señaló con el dedo la parte de atrás del pelotón, con un doble mensaje: el líder está allí y hacia allí iréis vosotros. Y fueron.

Además de restablecer el orden internacional, Armstrong quiso dejar claro que él es el jefe aunque le haya dejado el coche al niño. Así son los capos y así, justo así, era el temible y maravilloso Bernard Hinault, aunque ahora le lleve las zapatillas a Leblanc y le ponga el maillot a los líderes (snif).

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Amago de reyerta aparte, la ONCE no tuvo que trabajar demasiado porque los equipos de los sprinters quisieron invitar a esta ronda. Sólo estuvo supervisando las operaciones Álvaro, el hermanísimo, que es un ciclista estupendo que sabe hacer de tramoyista y de galán.

Hoy, penúltima etapa llana antes de la crono. Pero cuidado que hay un puerto de cuarta cerca del final y allí arriba han quedado los buenos para mirarse a los ojos.

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