Igor sobrevive
El líder salva una jornada nerviosa repleta de caídas. Kirsipuu ganó la etapa

La ONCE trabajó a destajo para mantener el maillot amarillo aunque Manolo Saiz sigue diciendo que no quemará a su equipo por un jersey (por un cajón sí). Así es la tentación: nos desconecta la cabeza de los miembros. Y está bien que así sea, porque al tractor amarillo siempre le faltó espontaneidad y locura, cosas (dirá Saiz) con las que no se ganan cronos por equipos. Pero hasta el más recto de los próceres se sorprende un día pronunciando las palabras mágicas: que nos quiten lo bailao.
Más que una etapa, lo de ayer pareció Fort Apache. Nosotros éramos Fort y los demás, apaches. Atacaban por todos lados, lluvia de flechas. Y la ONCE respondiendo a cada afrenta y el US Postal colando ciclistas en las refriegas, que este ejército también dispara con tirachinas.
Quizá esperaba la ONCE que los equipos de sprinters echaran una manita, pero los velocistas son las rubias platino del pelotón: siempre llegan a las fiestas cuando han empezado, no las pongas a hacer las mediasnoches.
Entre tanto tiroteo acabó por cuajar una escapada: Kirsipuu (sprinter decaído), Sandtod (campeón danés), Dierckxsens (coetáneo de Sarita Montiel), Casagranda y Edaleine.
El equipo del líder respiró, pero tampoco mucho. Cuando quiso darse cuenta, los fugados ponían tierra de por medio y amenazaban el maillot de Igor. Vuelta al andamio. Un reproche: se veía demasiado a Beloki y entiendo que habría que tenerle al margen de las mediasnoches, como un general en la reserva, acompañado de un guardaespaldas, medio oculto, aunque sólo sea por asustar, en plan trilero, a que no sabes dónde tengo la bolita.
Por cierto, un dato fundamental: a Galdeano le sienta bien el maillot amarillo. Es cierto que ayer le picaba el jersey y no sabía dónde colocarse el pinganillo, pero soy de la opinión de que a los campeones lo primero que les cambia es la cara, luego los andares. Justo después, ganan.
Cuando faltaban 25 kilómetros, la diferencia de los escapados era de 2:50. Entonces debieron pensar las rubias que era el momento de sacar los perros a pasear. ONCE comenzó a recibir relevos y el pelotón pegó un latigazo que lanzó contra el suelo a los últimos ciclistas del gran grupo: montonera. Sólo cuando los accidentados consiguieron desenredarse de cuadros y campagnolos se descubrió a las víctimas, los únicos que seguían en el suelo. Pinotti, del Lampre, se había partido la cara contra el asfalto.
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Verbrugghe (un insigne) se había roto la clavícula, el talón de Aquiles de los ciclistas. Este deporte no es un juego: aquí te matas.
Al final, los galgos no cazaron a la liebre y Kirsipuu comió perdices. Vista la sangre, gran balance: estamos vivos. Pero agotados. Y quedan tres etapas llanas antes de la crono del lunes, el gran objetivo. Si queremos llegar de amarillo hasta ese puente (y queremos) hay que ser locos, valientes y zambullirse en la tentación. Que Indurain nos perdone.