La excelencia en el ciclismo
Cuatro etapas del Tour, más el prólogo, y dos victorias españolas. Una al sprint y otra en la crono por equipos. Quien hubiera vaticinado esto hace unos años le hubiéramos mandado al manicomio. En España uno se hace ciclista para desafiar a las montañas, no para alcanzar la perfección aerodinámica disfrazado de marciano, o para rodar en llano 200 kilómetros y, en el último, pegarse tal atragantón que las piernas revientan y el corazón se sale por la boca. Eso queda para los deportistas robots que tanto se dan en los antiguos países del Este, donde prima la disciplina sobre la casta.
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Pero resulta que ahora tenemos a uno de los mejores sprinters del mundo y a un equipo que resulta una apisonadora. Esto es el mejor indicador de la excelencia que ha alcanzado el ciclismo español. Se han acabado los genios que salen por generación espontánea; los triunfos se obtienen con mucho trabajo, mucha dedicación y mucho conocimiento. Freire era un diamante en bruto y el completísimo equipo de especialistas que tiene a su alrededor le ha convertido en un coloso en los últimos 30 metros de cada sprint; Saiz es un obseso del detalle y sabe cómo convertir a sus corredores en locomotoras.
No es la primera vez que lo consigue. Saiz ya ganó la crono por equipos hace dos años. De aquellos corredores sólo queda Olano. O sea, que el mérito es del director, que sabe mejor que nadie cómo ordenar a sus ciclistas, cómo ganar una centésima en cada curva y cómo lograr una perfecta aerodinámica en la formación. Gracias a él tenemos a Igor de líder. Hacía seis años que un español no se vestía de amarillo. ¡Cómo pasa el tiempo! Y sólo siete lo habían hecho antes. Para que nos demos cuenta de lo difícil que es. Gracias a la aplicación de un ciclismo más científico, volvemos a ser alguien sin Indurain.
