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El primer Día D

Hoy se disputa la contrarreloj por equipos y un español puede ser líder. Hay otro objetivo: distanciar a Armstrong. McEwen batió ayer a Freire en el sprint

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España cambia sus costumbres y a la hora del cafelito postpaella se concentra frente a la televisión para ver un sprint (lo tuyo es vicio, dicen ellas). El proceso es el siguiente: una vez en el último kilómetro incorporas la espalda y te sientas en un respingo, apenas mordidas las nalgas con el borde del sillón. La postura se acompaña de gritos: ¡dónde está, está ahí, dónde está! (ellas miran absortas). La meta se cruza con un golpe de riñones (al jerez o pacharán).

Todo esto lo ha conseguido Freire; es su obra. Dominar así las voluntades de un pueblo es cosa al alcance de privilegiados (Ghandi, Bisbal...). Por eso no importa que Freire no ganara ayer. En cierto modo hubiera sido una traición a su naturaleza de ladrón de joyas. Si le esperas, no aparece; si te duermes, te desvalija.

McEwen, que no entiende de sutilezas, celebró su victoria con soberbia. Zabel, que se vistió de líder, estuvo más comedido, quizá por las pesadillas. Cada vez que se deja un armario abierto por la noche le parece ver dentro a Freire. Esto mismo le pasaba a Ullrich con Armstrong. Y ya ven.

En el sprint final, Freire estuvo siempre bien colocado pero, de repente, levantó el pie en los últimos cien metros. Es mejor no intentar comprenderle.

Aunque poco sucedió en la etapa de ayer (excepto la fuga del eterno Durand y un tal Renier), cabía esperar (yo lo esperaba) una escaramuza de la ONCE para limar los seis segundos que les separan del US Postal y así salir tras ellos en la crono por equipos de hoy. Pero no. Esta no es la ONCE, que nos la han cambiado, es el Banesto de amarillo (o rosa).

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La contrarreloj de hoy es fundamental si de verdad creemos que es posible pescar al tiburón. Si se cumplen los pronósticos Igor (a 9s del Armstronauta) será líder. Hace un año la ONCE le aventajó en 55 segundos. Hace dos, en 26. Botero estará al quite. No obstante, todos avisan que los carteros vienen fuertes y ya se sabe que el angelito da relevos como si fuera un mercancías.

Hoy es el primer Día D, la ocasión de atacarle sin tocarle, de hacerle dudar, que los robots no saben; es la hora de comenzar a cortar los cables de esa bomba de relojería que llevamos pegada a la moral. Es el momento de meter agua en sus rendijas. Luego le congelamos el ánimo y le hacemos reventar. Suena fácil.

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