Velociraptor
Óscar Freire gana su primera etapa en el Tour con un sprint formidable. Derrotó a Zabel en su propia casa. Cruzó la meta a 70 kilómetros por hora
Que no estoy bien, que me duele. Y gana. Que no sé. Y gana. Que mejor no voy. Y va y gana. Por cada duda encuentra un camino. Y se cuela entre una docena de esquizofrénicos suicidas con los dientes postizos de tanto estamparse contra el suelo o contra las vallas o contra el gendarme que hace una foto que le queda divina de tan cerca.
Parece normal, pero vive un drama interior. Le duele algo y no le creen. Le dicen que el día que no le duela nada le ganará un sprint al correcaminos mec, mec.
Sólo aparece en ciertos momentos, en los ciertos. No está para desafíos menores (porque le duele, diablos). Por eso, ha ganado dos Mundiales y conseguirá más (tiene 26 años), quizá el récord histórico porque nadie, jamás, ha superado los tres títulos.
Pero lo más importante es que ha resucitado un tipo de ciclismo ninguneado en España y que puede ser tan hermoso como trepar el Mortirolo. Hablo de las clásicas, de esas pruebas de un día donde se encierran los Wembleys del ciclismo. Quienes entran en ese mundo descubren una religión distinta que da tanto valor a la París-Roubaix como a la Vuelta. Así era Poblet, Divino Calvo, y así quiso ser Indurain, justo al final, cuando descubrió que el cielo no terminaba en París. Fue tarde.
No es una cuestión de elecciones, Tour o nada. Cabe todo. Es posible que la victoria de ayer significara eso. Debió ganar Zabel, el número uno, que llegaba a casa, pero ganó él.
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El deporte español ha oscilado entre los dictadores y los curros romeros, pero siempre faltaron esos velociraptores que sólo aparecen para meter la última canasta, el último penalti o para ganar el último sprint.
Tiró el Telekom. Se entró en los últimos cien metros a 70 km/h. Se fue Zabel. Después McEwen. Y surgió él. Intentaron cerrarle, pero escapó de la trampa y levantó los brazos para enseñar un arco iris que decían maldito (ja). Se llama Freire y le duele todo. En especial la Milán-San Remo, que es un hueso.