Mundial 2002 | Brasil

Ronaldomanía

El crack brasileño extiende la fiebre ‘amarelha’ en Japón y los pronósticos apuntan a que será el mejor jugador del Mundial y el próximo Balón de Oro

<b>HACE HISTORIA</b>. Ronaldo se acerca a los mitos de Brasil.
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El espectáculo del Mundial se llama Ronaldo. El crack ha vuelto. Y Japón le rinde honores en las calles, en los periódicos y en los estadios. Todo el mundo le quiere y Tokio parece Río de Janeiro. Los colores de la verdeamarelha invaden la ciudad. Es la Ronaldomanía. Brasil ya está instalada en Yokohama, como si estuviera en casa, esperando la final con Alemania. Nadie apuesta un yen por los germanos.

Es una locura colectiva en Tokio. Los japoneses no saben casi nada de fútbol, pero sí están seguros de quién les ofrece espectáculo: Ronaldo Nazario de Lima. El crack brasileño es un superstar, casi un producto de márketing de esta selección de Brasil absolutamente crecida de cara a la final. Es el emperador del Mundial en Japón. Saluda desde el autobús como una celebridad, su camiseta amarilla con el nueve se vende a puñados, en las portadas de los periódicos es la foto indiscutible y siempre bajo un mismo concepto: "Ha vuelto el rey del fútbol".

La Ronaldomanía es ya una religión en este país de imágenes, en este país donde se vende todo. El jugador brasileño ha provocado en Tokio una reacción popular inesperada, porque la ciudad estaba muerta para el Mundial desde que cayó Japón. Por las calles, los hombres de negocios leen los diarios deportivos que antes ni ojeaban; en el tren y en el famoso subway los chavales lucen las camisetas del ídolo canarinho; y hasta se atreven a bailar samba las japonesas en honor a los goles de Ronaldo. Brasil está como en casa.

Todo el mundo quiere tocar a Ronaldo, aplaudirle, pedirle un autógrafo. Brasil se ha trasladado de Saitama a Yokohama, unos setenta kilómetros cruzando Tokio, y cientos de fanáticos se agolpan en la puerta del hotel Princes esperando el saludo de la estrella del Mundial. La razón no es exclusivamente deportiva. A los seis goles que le encumbran en la Copa del Mundo, hay que añadir su capacidad única para ganarse la simpatía de los japoneses. Incluso el nuevo corte de pelo oriental que él mismo se diseñó ha sido un guiño de complicidad para la afición nipona.

La fiebre amarelha se extiende por Tokio y nadie apuesta por Alemania en la final. Ronaldo ha dejado atrás la pesadilla de sus graves lesiones, es un hombre nuevo, un futbolista motivado y, además, un tipo modesto. Dicen Roberto Carlos, Denilson y Rivaldo que la discreción de Ronaldo es una de sus mejores cualidades. No levanta la voz, no pide trato de favor en el hotel, se sienta en la última butaca del autobús, abraza a los utilleros como si fueran sus hermanos y tiene en Scolari a su segundo padre. Así lo ha confesado el jugador, porque le agradece la confianza de haberle traído al Mundial sin apenas puesta a punto tras las lesiones.

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Ronaldo está iluminado. Sabe que en la Copa del Mundo lleva todas las papeletas para salir designado mejor jugador, máximo goleador y por extensión, próximo Balón de Oro, una vez más. Son los tres retos personales que se ha marcado, además de desquitarse del amargo recuerdo de la final de Francia 98. A sus 25 años ha alcanzado la madurez técnica y mental necesaria para destacar como número uno mundial y los críticos internacionales coinciden en rendirse ante su juego.

Los apasionados seguidores japoneses lo han entendido muy rápido y están enloquecidos con el nuevo Ronaldo, el futbolista que convierte en los sueños en realidad.

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