Mundial 2002 | Brasil 1-Turquía 0

Ronaldo y la puntera de Dios

Puso a Brasil en la final con un gol de picardía ante una Turquía que murió de pie, pero que estuvo gafada de cara a puerta.

<b>POTENCIA Y HABILIDAD.</B> Ronaldo rompió a sus defensores por velocidad, como en sus mejores tiempos, y sorprendió al portero turco con un sutil disparo con la puntera derecha.
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Brasil hizo su trabajo. Ya está en la final. No falla nunca. Turquía murió de pie, peleando hasta el último balón, reivindicando el nuevo orden que algunas selecciones han querido imponer en esta Copa del Mundo. Pero Ronaldo no ha nacido en Estambul, ni Rivaldo en Ankara. Ellos marcaron la diferencia, porque hay que saber llevar el balón a la red contraria. Es cuestión de detalles, de nacer con estrella, de convertir en oro todo aquello que tocan.

El gol que sentenció la semifinal fue producto de la jugada menos lujosa del partido, finalizada con un efectivo punterazo. Ésa es la luz que ilumina a este crack renacido para el fútbol que se llama Ronaldo, que con seis goles lleva a Brasil en volandas hacia el quinto título mundial. No fue su gran partido, se le vio frío por los recientes dolores en el aductor. Apareció en el minuto 49 como un misil, sorteando defensas, entrando en el área sin miedos y tocando el balón con la punta de su bota de platino, lejos del alcance de Rustu. Gol de brocha fina. Se fue al traste en ese instante la ilusión de Turquía. Había manejado el partido muy bien al principio, con diez minutos iniciales de furia, toque y perfecta dinámica táctica. Tugay, Basturk (tremendo futbolista) Ergun y Hasan Sas sonrojaron un par de veces a Roberto Carlos y volvieron locos a Gilberto Silva y Kleberson. De no andar finos los gigantones Lucio y Marcos, Brasil se habría llevado un disgusto.

La apuesta. Todo sucedió muy rápido y contra pronóstico. Scolari apostó, y probablemente se equivocó, dando cancha a Edilson por Ronaldinho, sin encontrar en este delantero del Cruzeiro, ni ataque agresivo ni presión defensiva. En definitiva, Rivaldo entendió con claridad que era su día de más trabajo y asumió los galones. Y llamó a combatir a dos jugadores colosales, Cafú y Roberto Carlos, los mejores carrileros jamás vistos en años. Los turcos empezaron a sufrir con un par de chuts envenenados del barcelonista, con otras dos internadas eléctricas del lateral madridista y con las penetraciones fulminantes del volante del Roma.

Brasil había sofocado el incendio e incluso se marchó al vestuario con mando en plaza. El partido ya estaba volcado hacia los canarinhos, por más coletazos que daba Turquía, haciendo un fútbol muy vistoso, agradecido a la vista por rápido, fluido y agresivo. A la vuelta del descanso llegaría el zarpazo. Es lo que tiene Brasil: uno, dos, salida, toque y gol. La chispa de la vida. La alegría del fútbol: Kleberson arranca por la banda, asiste a Ronaldo, se interna, caracolea, pega al balón y liquida el asunto. Rustu, con sus pinturas de guerra, se quedó de rodillas pensando en la desgracia de que Hakan Sukur no supiera hacer lo mismo en el área de Marcos. Y es que el ariete del Parma no ha mojado en todo el Mundial, y así no hay manera de ganar nada.

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Ronaldo pidió el cambio cuando cumplió. Entró Luizao y se afeó la canarinha con este tipo tan torpón. Turquía se fue a por todas con un Mansiz peleón y un Sukur capaz de rematar de cuchara un balón imposible. Pero sin estrella no hay gol. Así que Rivaldo siguió poniendo preciosas gotas de clase y apareció Denilson como traca final de fiesta. Bárbaro el bético, quemando minutos con el balón pegadito.

No había más que discutir: Ronaldo puso a Brasil en Yokohama y Turquía claudicó.

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