El ejemplo de Squinzi
Si cundiera por el mundo el ejemplo de Giorgio Squinzi, el problema del doping se habría acabado. Squinzi es como Quiles en España. Una persona que le fueron bien los negocios y que decidió invertir parte de los beneficios de su empresa en un equipo ciclista. Si Quiles creó el Kelme, Squinzi compró el Eldor para hacer el Mapei. En poco tiempo lo convirtió en el mejor equipo del mundo. Pero, al mismo tiempo, comenzó a detectar cosas raras, y dijo: "El día que un corredor mío dé positivo, deshago el equipo". Para curarse en salud, obligó a los ciclistas a dejar sus médicos particulares.
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Squinzi llegó más lejos en sus afirmaciones. Hace dos años lanzó una sentencia demoledora: "El Tour no se puede ganar si no es con ayuda del doping". Ni uno solo de los últimos ganadores de la carrera alzó la voz, ni mucho menos se planteó ponerle una demanda, no fuera que Squinzi presentara alguna prueba a sus palabras. Y así el Mapei continuó ejerciendo su dominio en un mundo turbio a base de ganar muchas clásicas y pocas grandes vueltas. Hasta que a Garzelli se le ocurrió aspirar al Giro y dio positivo con un enmascarador. Squinzi ha cumplido su promesa: el Mapei desaparecerá.
El honor de una empresa familiar, creada por Rodolfo Squinzi, el noveno de once hermanos, en los alrededores de Milán, queda así a salvo. Mapei, que es la abreviatura de material auxiliar para la construcción y la industria, es ahora una multinacional en el sector de los productos para la instalación de suelos, y Giorgio no quiere que cuando vaya a Estados Unidos, a Rusia, a Francia, a Alemania, a España, a una veintena de países más, alguien le saque los colores. Apostó por el ciclismo y la aventura fue bonita mientras duró. Ha sido toda una lección. El doping no admite medias tintas.
