Premio a una obra bien hecha

Cuarenta y tres años son muchos para esperar. Pero ha merecido la pena. Vitoria ha sido siempre una ciudad que ha vibrado con el baloncesto. Y hasta ahora sólo había podido levantar tres copas del Rey y una Recopa. La consecución de la Liga supone el techo particular para este club. Hace catorce años, Josean Querejeta se hizo con las riendas de una entidad que vagaba por la mitad de la tabla. El actual presidente había colgado las botas poco antes e incluso había ejercido de responsable del sindicato de jugadores.
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Querejeta concibió un nuevo modelo de club y se dedicó a construir el edificio desde abajo. Reconvirtió la entidad en sociedad anónima deportiva, firmó un contrato de fidelidad con la casa azulejera castellonense Taulell y consiguió levantar el majestuoso pabellón Araba sobre una antigua plaza del ganado.
Con estos mimbres sólo quedaba formar un gran equipo. Y a fe que, año tras año, lo ha ido consiguiendo. La llegada de Dusko Ivanovic fue su último golpe de efecto, junto a la configuración de una plantilla corta, pero excepcional en calidad. Elmer Bennett ha sido el timonel de la nave. Vidal, Nocioni y Scola han aportado la frescura de la juventud. Corchiani y Oberto el trabajo a destajo. Foirest y Tomasevic la elegancia. Las incorporaciones de Sconochini y Fernández a mitad de temporada apuntalaron también a un grupo que comenzó la campaña lastrado por el recorte en materia de comunitarios-B, pero emergió.